La generación Z y los milenial han crecido con la idea de que la tecnología les haría la vida más fácil. Y, en muchos aspectos, así es. Pero como oftalmólogo veo a diario la otra cara del progreso: estamos normalizando un estilo de vida que exige a los ojos un esfuerzo sostenido y poco compatible con su fisiología. No se trata de culpar las pantallas, sino de asumir que la suma de hábitos cotidianos puede traducirse en una carga para nuestra salud visual sobre la que ya estamos viendo ciertos efectos negativos.
Según datos publicados en The Lancet, en 2050 cerca de 895 millones de personas en el mundo podrían desarrollar enfermedades oculares, un 150% más que en la actualidad. Cuando uno pone este dato en contexto, debemos preguntarnos qué parte de ese futuro podemos evitar con pequeños cambios en nuestros hábitos. Y la respuesta es clara: una parte importante es prevenible o, al menos, modulable.
Los jóvenes de hoy pasan muchas horas frente a móviles y ordenadores por trabajo, estudios y ocio; hacen menos actividades al aire libre; y esto puede estar combinado con el sedentarismo o malos hábitos alimenticios. Además, la esperanza de vida es mayor, lo que significa más años de exposición acumulada a factores de riesgo. Los ojos no son una excepción al desgaste del tiempo; lo que cambia es la velocidad a la que estamos acelerándolo.
Los síntomas aparecen antes
En la consulta, se repiten síntomas que hace dos décadas eran menos habituales en personas jóvenes: fatiga visual, ojo seco, visión borrosa. A ello se añade la miopía. La exposición prolongada a tareas de cerca y el esfuerzo acomodativo sostenido podrían incluso aumentar hasta un 30% el riesgo de desarrollarla, de acuerdo con un estudio publicado en The Lancet. La miopía no es un simple ?necesitar gafas?, ya que en grados altos se asocia a más riesgo de complicaciones en la retina o en el nervio óptico. Y aquí aparece un punto clave: los hábitos que hoy parecen inofensivos pueden convertirse en aceleradores de otras patologías a largo plazo.
¿Qué hacer entonces? En primer lugar, aceptar que ?pantallas sí, pero con reglas?. La regla más sencilla y eficaz: 20-20-20 (cada 20 minutos, 20 segundos mirando a unos 6 metros). Mantener una distancia aproximada de un brazo respecto a la pantalla principal, ajustar brillo y contraste para que resulten cómodos, y priorizar luz natural cuando sea posible.
Otros factores
En segundo lugar, entender que otros factores como dormir poco afectan a nuestro descanso o a nuestro día a día; una dieta basada en ultraprocesados y pobre en frutas, verduras y pescado se asocia a mayor riesgo de enfermedades vasculares y degenerativas que pueden dañar la retina; y el sedentarismo favorece obesidad, hipertensión y diabetes, tres enemigos directos de la visión. A esto se suma el tabaco, que acelera el envejecimiento de los tejidos oculares y aumenta el riesgo de cataratas y degeneración macular.
En tercer lugar, hay factores que multiplican el riesgo. Las mencionadas diabetes, hipertensión, colesterol elevado o sobrepeso pueden afectar a los vasos sanguíneos de la retina si no están bien controlados. Y, muy importante, los antecedentes familiares: si hay casos de glaucoma, degeneración macular u otras enfermedades oculares graves, no vale esperar a ?notar algo? ya que muchas patologías avanzan en silencio.
Por último, está la gran asignatura pendiente de estas generaciones: no esperar para ir a revisiones oftalmológicas. Ver bien no siempre significa estar bien. Algunas enfermedades, como el glaucoma, el queratocono o ciertas alteraciones de la retina, pueden progresar durante años sin síntomas. Por eso es recomendable hacer una primera revisión oftalmológica completa a los 4 años, para descartar ambliopía, y luego en la edad adulta joven, incluso sin molestias.
Y ante señales de alarma como visión borrosa repentina, destellos, sombras en el campo visual o dolor intenso se debe consultar de forma urgente. La medicina preventiva también existe en oftalmología. Integrar pequeñas rutinas de cuidado visual, conocer los factores de riesgo y acudir a revisiones periódicas puede cambiar el pronóstico de una generación entera.
Autor:
Luis Fernández-Vega Cueto-Felgueroso
Oftalmólogo del Instituto Oftalmológico Fernández-Vega