El sueño es un determinante clave de la salud física y mental. La falta de un correcto descanso ya sea por dormir poco o por una mala calidad de sueño, contribuye a la aparición y progresión de enfermedades crónicas y también influye en hábitos importantes para el autocuidado, como la actividad física, la alimentación o el consumo de tóxicos.
Un sueño saludable se define no solamente por una duración suficiente (entre 7 y 9 horas en adultos), sino por mantener un horario adecuado y regular. Además, debe ser un sueño eficiente, es decir, pasar la mayor parte del tiempo en cama dormido, sin tardar demasiado en conciliar el sueño ni despertarnos durante la noche. Un buen descanso se refleja en despertarse con sensación de recuperación y poder mantener una adecuada atención y un nivel de alerta adecuados a lo largo del día.
Sexo y género
Para estudiar las diferencias entre hombres y mujeres es fundamental distinguir entre los términos ?sexo? (características biológicas) y ?género?, que se refiere a las normas, expectativas y roles que la sociedad asigna. Las diferencias de género influyen en el comportamiento individual, en la comunidad e incluso en la actuación de los profesionales sanitarios.
Siguiendo el modelo socio ecológico del sueño, las condiciones en que dormimos están influidas por factores de género a todos los niveles. Aunque el sueño ocurre de forma individual, podemos englobarlo en un contexto sociocultural amplio. En el caso de la mujer, el sueño no sólo está modulado por los cambios vitales y hormonales, sino también por otros factores igual de relevantes.
Para empezar, las mujeres suelen presentar un sueño subjetivamente peor, con mayor consciencia de los despertares y más fatiga diurna. Desde la adolescencia, pueden manifestar rasgos de personalidad más proclives a problemas de sueño, como ser muy exigente con una misma, preocuparse en exceso o tener tendencia a la ansiedad. También puede aparecer un miedo a no dormir y rumiaciones nocturnas.
No debemos olvidar el estrés o malestar emocional asociado a expectativas de género: se asigna a las mujeres un rol destacado en los cuidados y, además, existe una presión estética persistente.
Carga mental
En el ámbito doméstico y de convivencia, el periodo de crianza de los hijos es un momento clave en el que suelen aparecer desigualdades: las interrupciones de sueño y la carga mental (la responsabilidad constante de organizar y anticipar necesidades del hogar y la familia) recaen con más frecuencia en las mujeres. En otros momentos vitales también es habitual que asuman el cuidado de personas dependientes, y que incluso en la edad de jubilación no dispongan de más tiempo propio aquellas que no han realizado trabajo remunerado fuera del hogar.
Dormir en pareja puede suponer una influencia adicional, no sólo por las molestias que una persona pueda generar a la otra (ronquidos, movimientos, etc.) sino por la influencia mutua en las rutinas. Se ha observado que la duración del sueño de la mujer puede influir en el hombre, pero no parece suceder al revés. Además, la soledad no deseada, más frecuente en mujeres, se asocia a una peor calidad de sueño relacionada con síntomas de ansiedad.
A nivel comunitario debemos considerar las condiciones de trabajo y el entorno en el que vivimos. Las mujeres, a disponer de menos tiempo para ellas mismas por la suma de responsabilidades, suelen tener más dificultades para contrarrestar las condiciones de un entorno desfavorable. Las relaciones sociales dentro de la comunidad, la percepción de la propia seguridad y la posibilidad de disponer de espacios para caminar influyen en el descanso.
Condiciones socioeconómicas
En el ámbito social y estructural encontramos factores más amplios que determinan nuestra vida y, por tanto, nuestros patrones de descanso. Aquí se incluyen las condiciones socioeconómicas, las políticas laborales y de conciliación y la distribución social del tiempo. Es fundamental entender que, si no existe un reparto justo del tiempo y de las oportunidades para cuidarse, no todas las personas podrán disfrutar de un sueño saludable.
Las mujeres se enfrentan a más factores que pueden dificultar un sueño reparador, desde las responsabilidades de cuidado hasta la presión social o los cambios vitales. Por ello es especialmente relevante incorporar la perspectiva de género al analizar el sueño. Dormir bien contribuye a una mejor calidad de vida, a prevenir enfermedades crónicas y a tener un envejecimiento saludable. Conocer estos aspectos nos permite entender mejor qué afecta a nuestro descanso y buscar soluciones más justas y ajustadas a cada etapa de la vida.
Autora:
Ana Fernández Arcos
Neuróloga e investigadora especializada en trastornos de sueño.
Miembro de BarcelonaBeta Brain Research Center y Clínica CISNe.
Secretaria del Grupo de Estudio de Trastornos de la Vigilia y el Sueño de la Sociedad Española de Neurología