Durante décadas, el glaucoma ha sido una enfermedad silenciosa que avanza sin hacer ruido, hasta que el daño ya es irreversible. Una patología rodeada de desconocimiento, tanto social como científico, que durante mucho tiempo fue sinónimo de pérdida visual severa y, en muchos casos, de ceguera. Hoy, afortunadamente, el panorama es distinto. Esto no quiere decir que sea perfecto, pero sí profundamente diferente gracias a los avances de la ciencia. Aun así, los retos siguen siendo enormes.

Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, el glaucoma apenas se investigaba. Existían algunos centros en España donde se trataba, pero eran excepciones. Fue a mediados de los años sesenta cuando comenzaron a realizarse las primeras trabeculectomías, cirugías complejas que supusieron un antes y un después. Algunos casos de glaucoma que antes no tenían solución empezaron, al menos, a poder controlarse. Aquello fue un hito médico, aunque las condiciones de diagnóstico y seguimiento distaban mucho de ser ideales.

La medición de la presión intraocular se hacía con tonómetros de peso, un método impreciso y muy molesto, que requería anestesiar el ojo y dejar caer un pequeño peso directamente sobre la córnea. No solo era incómodo para el paciente, sino que tampoco ofrecía la fiabilidad necesaria para un seguimiento adecuado. A eso se sumaba un problema aún mayor: el diagnóstico tardío. La mayoría de las personas acudían al oftalmólogo cuando el glaucoma estaba ya muy avanzado, con pérdidas visuales severas e irreversibles. Esto daba como resultado un elevado número de personas ciegas por glaucoma.

No sólo afecta a mayores

A partir de las investigaciones de los años sesenta y setenta, la situación empezó a mejorar de forma notable. Las cirugías se perfeccionaron y, sobre todo, se comenzaron a detectar casos de manera más precoz. Esto tuvo un impacto directo en la calidad de vida de los pacientes. El glaucoma dejó de ser, poco a poco, una ceguera inevitable. También se consiguió acabar con otro mito: el glaucoma dejó de considerarse una enfermedad exclusivamente de personas mayores. El avance en la cirugía pediátrica y en la detección del glaucoma congénito permitió prevenir cegueras extremadamente precoces en niños, algo impensable décadas atrás. En los años ochenta, llegó el tonómetro de aplanación de Goldmann, mucho más preciso para medir la presión intraocular.

El tratamiento farmacológico vivió su propia revolución. Durante años, prácticamente el único colirio disponible fue la pilocarpina. Aunque conseguía bajar la presión intraocular, sus efectos secundarios eran duros: contracción permanente de la pupila, mayor riesgo de cataratas, dolor intenso y una mala tolerancia general. Para muchos pacientes, seguir el tratamiento era casi tan problemático como la propia enfermedad.

El gran cambio llegó a finales de los años setenta con el descubrimiento del maleato de timolol. Por primera vez, se disponía de un colirio más eficaz y mejor tolerado, que evitaba muchos de los problemas visuales asociados a la pilocarpina. No era perfecto —podía afectar al sistema respiratorio o provocar bajadas de tensión y somnolencia—, pero supuso un avance decisivo. En los años noventa, la llegada de las prostaglandinas marcó otro hito ya que, a pesar de sus efectos secundarios, eran colirios muy eficaces para reducir la presión intraocular.

Un nuevo milenio

Desde los años 2000, las soluciones farmacológicas no han dejado de crecer: combinaciones de colirios, nuevos principios activos que facilitan el drenaje del humor acuoso y técnicas quirúrgicas cada vez menos invasivas. Hoy existen unidades de glaucoma en la mayoría de los hospitales públicos de España, algo impensable hace no tanto tiempo.

Sin embargo, sería un error pensar que el problema está resuelto. El glaucoma sigue siendo una enfermedad compleja, irreversible y, por ahora, sin cura. Los tratamientos pueden frenar su avance, pero no siempre lo consiguen, y convivir con la enfermedad exige constancia, seguimiento médico y un esfuerzo diario que afecta tanto a los pacientes como a sus familias.

Desde la Asociación de Glaucoma para Afectados y Familiares (AGAF) reivindicamos más investigación que permita comprender mejor la enfermedad y desarrollar tratamientos cada vez más eficaces, reclamamos un diagnóstico mucho más precoz que evite daños irreversibles, y subrayamos la importancia de seguir correctamente los tratamientos prescritos. Solo con este compromiso colectivo será posible seguir avanzando y evitar que el glaucoma continúe robando visión y calidad de vida de manera silenciosa.

Autor:

Joaquín Carratalá
Presidente de la Asociación de Glaucoma para Afectados y Familiares (AGAF)

Joaquín Carratalá
Presidente de la Asociación de Glaucoma para Afectados y Familiares (AGAF)