Unidos por la salud

Pertenece y transforma la comunidad de pacientes

La futura Ley de Organizaciones de Pacientes, que se encuentra en estos momentos en trámite parlamentario, se mantiene como una oportunidad para consolidar un modelo de participación más estable y estructurado de los pacientes en el Sistema Nacional de Salud, pero aún quedan flecos sueltos por resolver para que la influencia en la toma de decisiones sea real. Esta fue una de las principales conclusiones de la primera mesa redonda de la XIII Jornada Somos Pacientes, organizada por Somos Pacientes y Farmaindustria, en la que representantes de diferentes Administraciones públicas, organizaciones de pacientes, expertos jurídicos e industria analizaron el nuevo papel que deben desempeñar las asociaciones en la gobernanza sanitaria.

Los participantes coincidieron en que la participación de los pacientes ya no puede depender únicamente de la voluntad de los gestores o de los profesionales sanitarios, sino que debe formar parte de la estructura habitual del sistema mediante mecanismos estables, recursos suficientes y normas que garanticen su presencia allí donde se toman las decisiones.

Cambio cultural

La directora general de Humanización, Atención y Seguridad del Paciente de la Comunidad de Madrid, Celia García Menéndez, defendió que resulta difícil entender que la participación de los pacientes no haya formado parte hasta ahora de la organización del sistema sanitario. A su juicio, la creciente cronicidad, el aumento de la supervivencia y la complejidad de las enfermedades hacen imprescindible avanzar hacia una atención verdaderamente centrada en las personas.

En este contexto, consideró que la futura ley llega en un momento especialmente oportuno, ya que las asociaciones de pacientes han dejado de desempeñar únicamente funciones de apoyo para convertirse en actores con capacidad para contribuir a la mejora del sistema sanitario. No obstante, advirtió de que la buena voluntad no basta y que la participación debe sustentarse en recursos, formación y un marco normativo que establezca unos mínimos comunes.

En la misma línea se expresó Montse Moharra, coordinadora de Decisiones Compartidas de la Secretaría de Atención Sanitaria y Participación de Cataluña, quien insistió en que el verdadero reto consiste en impulsar un cambio de cultura dentro de las propias organizaciones sanitarias. Según explicó, la participación debe formar parte de la práctica habitual de los profesionales y de los procesos de decisión, algo que requiere formación, sensibilización y herramientas que permitan evaluar el impacto real de esa participación.

Punto de partida

El director de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP), Pedro Carrascal, valoró muy positivamente que la futura ley otorgue un reconocimiento jurídico a las organizaciones de pacientes y permita estructurar una participación que, hasta ahora, se apoyaba en iniciativas puntuales o en declaraciones de intenciones.

En su opinión, la norma legitima a las asociaciones como parte integrante del sistema sanitario y abre la puerta a su presencia en órganos consultivos y espacios de gobernanza. Sin embargo, recordó que el verdadero trabajo comenzará una vez aprobada la ley, ya que será necesario desarrollar mecanismos que garanticen una participación efectiva, dotarla de financiación y evitar que quede reducida a un mero ejercicio de representación sin capacidad de influencia.

Una visión parcialmente compartida por el abogado y asesor de organizaciones de pacientes Álvaro Lavandeira, quien calificó el proyecto como una oportunidad, aunque pidió prudencia tanto respecto a su tramitación parlamentaria como a su contenido. A su juicio, el texto actual plantea principios generales, pero aborda de forma limitada aspectos clave como la financiación o la capacidad real de los pacientes para influir en las decisiones.

Desde su punto de vista, las organizaciones deben participar desde las fases iniciales de los procesos, incluyendo el diseño de los ensayos clínicos, la evaluación de los tratamientos o la elaboración de informes, y no limitarse a ser consultadas cuando las decisiones ya están prácticamente adoptadas.

Álvaro Lavandeira, Pedro Carrascal y Celia García durante la mesa de debate / Fotos: Luis Camacho

Experiencias

La mesa también permitió conocer algunas iniciativas ya implantadas por distintas administraciones para incorporar la voz de los pacientes de forma estable. Celia García, por ejemplo, explicó que la Comunidad de Madrid lleva años trabajando en este ámbito a través de los sucesivos planes de humanización, incorporando a las asociaciones desde el inicio de los proyectos y no únicamente para revisar los documentos finales. Actualmente, los pacientes participan en observatorios, órganos colegiados y comités presentes en la práctica totalidad de los hospitales públicos, además de impulsar proyectos surgidos directamente de sus propuestas, como una plataforma de educación sanitaria dirigida a la ciudadanía.

Por su parte, Montse Moharra recordó que Cataluña acumula más de una década desarrollando estrategias de participación y destacó el papel del Consejo Consultivo de Pacientes, que representa a unas 200 asociaciones y participa, entre otros ámbitos, en procesos relacionados con la incorporación de medicamentos. Además, explicó que actualmente se está trabajando con distintos centros sanitarios para consolidar una auténtica cultura participativa que integre la experiencia del paciente en la práctica asistencial cotidiana.

Por su parte, el director general de Ferrer en España, Albert Cortada (también miembro de una asociación de pacientes y cuidador), concluyó que incorporar el conocimiento y la experiencia de quienes conviven con una enfermedad permite adoptar mejores decisiones sanitarias. Según sus palabras, confía en que dentro de unos años la participación de los pacientes deje de ser una asignatura pendiente para convertirse en una realidad plenamente integrada en el funcionamiento del sistema sanitario.

Un objetivo compartido por todos los participantes de la mesa, que coincidieron en que la futura Ley de Organizaciones de Pacientes constituye un primer paso, pero no el último, hacia un modelo de gobernanza construido con los pacientes y no únicamente para ellos.

La Federación Española de Asociaciones de Pacientes Alérgicos y con Enfermedades Respiratorias (FENAER) y la Asociación Española de Pacientes y Cuidadores de EPOC (EPOC España) han reclamado la financiación del tratamiento biológico para la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) en el Sistema Nacional de Salud, tras una nueva negativa que consideran «difícil de justificar» a la luz de la evidencia disponible y de la necesidad clínica.

Las asociaciones han iniciado una recogida de firmas para respaldar la demanda de financiación a la que se han sumado 4.230 afectados, en la que se destaca la situación de inequidad, dado que el fármaco biológico sí está financiado para pacientes con asma grave, dermatitis atópica y poliposis nasal.

Según explican, el fármaco, aprobado hace más de un año y medio para la EPOC por la Agencia Europea del Medicamento (EMA), es el primer tratamiento realmente innovador para esta enfermedad en los últimos quince años, y ha demostrado beneficio simultáneo, con una reducción de exacerbaciones de hasta el 34 por ciento y mejora de síntomas en un subgrupo de pacientes con inflamación de tipo 2.

Las asociaciones recuerdan además que esta terapia no está dirigida a todos los pacientes con EPOC, sino a un grupo «claramente definido», que son los afectados que, pese a recibir tratamiento inhalado optimizado, continúan sufriendo exacerbaciones recurrentes y presentan biomarcadores asociados a inflamación tipo 2.

Ambas entidades respetan el marco regulador vigente y los procedimientos de evaluación de medicamentos en España y entienden la necesidad de equilibrar innovación, sostenibilidad y equidad en el acceso a los tratamientos. Sin embargo, consideran necesario poner de nuevo sobre la mesa los datos que, a su juicio, respaldan la incorporación de esta terapia para el perfil de pacientes al que va dirigida.

Reducción de hasta el 34% de las exacerbaciones

Los pacientes recuerdan que la EPOC es una de las principales causas de morbilidad y mortalidad en España. Los pacientes pierden hasta 17 años de esperanza de vida, y en 2023 se registraron más de 12.700 muertes directas por esta enfermedad, según datos del Ministerio de Sanidad. Las exacerbaciones constituyen uno de los principales factores de riesgo de muerte. Cada agudización, incluso si es moderada, deteriora de forma irreversible la función pulmonar, incrementa el riesgo de hospitalización, de eventos cardiovasculares y de mortalidad.

Las organizaciones destacan que el tratamiento ha mostrado una reducción de hasta el 34 por ciento de las exacerbaciones y un aumento de la función pulmonar, con mejoría de los síntomas desde la cuarta semana de tratamiento. Los resultados han llevado a su recomendación como opción terapéutica en las principales guías clínicas, entre ellas GOLD 2026 (Global Initiative for Chronic Obstructive Lung Disease) y la actualización 2025 de la Guía Española de la EPOC (GesEPOC).

FENAER y EPOC España insisten en que la financiación del tratamiento no solo responde a una necesidad clínica, sino también a una lógica de eficiencia para el propio sistema sanitario. Las exacerbaciones graves de la EPOC son uno de los principales motores del coste sanitario asociado a la enfermedad, debido a consultas urgentes, ingresos hospitalarios, reingresos y pérdida de autonomía.

En esta línea, afirman que prevenir estos episodios supone mejorar la calidad y esperanza de vida de los pacientes y reducir el consumo de recursos sanitarios. «Cada exacerbación evitada significa menos deterioro pulmonar, menos riesgo de ingreso y más tiempo de vida con calidad para los pacientes. Existe una población pequeña, identificable y de alto riesgo, que consume muchos recursos sanitarios, para la que por primera vez existe una terapia dirigida reconocida por guías clínicas. Pedimos acceso controlado y basado en criterios clínicos», afirma Mariano Pastor, presidente de FENAER.

«Hablamos de personas que, aun haciendo correctamente su tratamiento, siguen viviendo con miedo a la próxima exacerbación, porque cada exacerbación puede significar un ingreso hospitalario y un nuevo escalón de pérdida de capacidad respiratoria», ha manifestado Iñaki Morán, presidente de EPOC España.

Ambas organizaciones reclaman que se mantenga abierto el diálogo para identificar vías que permitan compatibilizar sostenibilidad, evidencia científica y acceso de los pacientes con mayor necesidad clínica, reafirmando su disposición a colaborar con las autoridades sanitarias en la búsqueda de soluciones responsables y equitativas.

El cáncer de ovario continúa siendo uno de los tumores ginecológicos con peor pronóstico. Su diagnóstico suele producirse cuando la enfermedad ya se ha extendido por la cavidad abdominal, lo que dificulta el tratamiento y reduce las posibilidades de curación. Aunque la cirugía y la quimioterapia consiguen controlar inicialmente la enfermedad, alrededor del 70% de las pacientes recaen en los primeros años y desarrollan resistencia a los tratamientos disponibles.

Ante esta realidad, una investigación financiada por la Fundación CRIS Contra el Cáncer abre una nueva vía para desarrollar tratamientos más precisos y menos tóxicos. El trabajo, liderado por el doctor Atanasio Pandiella en el Centro de Investigación del Cáncer (CSIC-Universidad de Salamanca-FICUS), se basa en el desarrollo de anticuerpos conjugados a fármacos (ADCs), una estrategia que permite transportar medicamentos muy potentes directamente hasta las células cancerosas, minimizando el daño sobre los tejidos sanos.

Los llamados anticuerpos conjugados a fármacos (ADCs) representan una de las estrategias más prometedoras de la oncología actual. Su funcionamiento combina tres elementos: un anticuerpo que reconoce una molécula presente en la superficie de las células tumorales, un potente fármaco antitumoral y un enlace químico que mantiene unidos ambos componentes hasta que alcanzan el interior de la célula cancerosa.

De esta forma, el tratamiento actúa como un auténtico «misil dirigido»: identifica el tumor, penetra en él y libera el medicamento únicamente donde debe actuar, reduciendo así la toxicidad sobre el resto del organismo.

Una enfermedad con pocas opciones cuando reaparece

Cada año se diagnostican más de 300.000 nuevos casos de cáncer de ovario en todo el mundo y cerca de 4.000 en España, donde provoca alrededor de 2.000 fallecimientos anuales, según datos de GLOBOCAN y la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM).

En los últimos años se han incorporado terapias dirigidas, como los inhibidores de PARP o los tratamientos antiangiogénicos, que han supuesto un avance para determinadas pacientes. Sin embargo, los especialistas coinciden en que siguen siendo necesarias nuevas alternativas capaces de combatir los tumores que desarrollan resistencia.

El equipo del doctor Pandiella ha desarrollado dos líneas de investigación complementarias. La primera utiliza cetuximab, un anticuerpo ya empleado en la práctica clínica, como vehículo para transportar distintos fármacos antitumorales hasta las células del cáncer de ovario. La segunda apuesta por una nueva diana terapéutica: la proteína CD98hc, muy abundante en este tipo de tumores y para la que, hasta ahora, no existían ADCs desarrollados específicamente en cáncer de ovario.

Los resultados obtenidos tanto en modelos experimentales como en células procedentes de pacientes han sido muy positivos. Los investigadores comprobaron que ambos tratamientos consiguieron frenar de forma significativa el crecimiento tumoral, reducir el tamaño de algunos tumores, limitar la aparición de metástasis y aumentar la supervivencia en los modelos estudiados. Además, los ADCs se concentraron principalmente en el tejido tumoral, con una presencia muy reducida en órganos sanos y sin efectos tóxicos relevantes.

Un cambio de paradigma en las terapias dirigidas

Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que demuestra que una molécula no necesita ser responsable del crecimiento del tumor para convertirse en una diana terapéutica útil. Basta con que permita identificar de forma selectiva las células cancerosas para utilizarla como puerta de entrada de un tratamiento altamente eficaz. Este cambio de enfoque amplía considerablemente el número de posibles objetivos terapéuticos en un cáncer donde las opciones de medicina de precisión siguen siendo limitadas.

De hecho, uno de los ADCs desarrollados utiliza como punto de entrada la molécula EGFR, sobre la que ya se habían probado tratamientos con resultados discretos. En lugar de intentar bloquear su función, la nueva estrategia la aprovecha para introducir el fármaco directamente en la célula tumoral.

Por su parte, el ADC dirigido frente a CD98hc abre una nueva línea de investigación que podría ayudar a superar parte de la resistencia que presentan algunos tumores frente a los tratamientos actuales.

Aún en fase preclínica

Los investigadores recuerdan que estos resultados corresponden todavía a una fase preclínica, por lo que será necesario continuar evaluando estos tratamientos antes de que puedan llegar a las pacientes.

Los próximos pasos pasan por validar los hallazgos en modelos experimentales más complejos, identificar qué pacientes podrían beneficiarse más de estas terapias y avanzar hacia ensayos clínicos cuando exista suficiente evidencia científica.Además, el equipo seguirá perfeccionando el diseño de estos anticuerpos para aumentar todavía más su eficacia y seguridad.

Desde la Fundación CRIS Contra el Cáncer destacan que este trabajo demuestra cómo una investigación sostenida y bien financiada puede abrir nuevas oportunidades terapéuticas en enfermedades con pocas alternativas. Si estos resultados se confirman en futuros estudios, los ADCs podrían convertirse en una nueva herramienta para ofrecer tratamientos más eficaces, más selectivos y con menos efectos secundarios a las personas con cáncer de ovario.

Nuevos hallazgos de un amplio ensayo clínico dirigido por la University College de Londres (UCL) y el University College London Hospitals (UCLH) de Reino Unido, sugieren que tanto los antihistamínicos de venta libre como un medicamento antiinflamatorio con receta médica ofrecen un pequeño beneficio a la hora de reducir la fatiga persistente asociada al Covid entre las personas que reciben atención en clínicas especializadas en Covid persistente.

El estudio, publicado en la revista ‘The Lancet Infectious Diseases’ y financiado por el Instituto Nacional de Investigación en Salud y Atención (NIHR, por sus siglas en inglés), incluyó a casi 800 adultos en Inglaterra con Covid persistente, quienes fueron asignados aleatoriamente a recibir la atención habitual o uno de tres tipos de medicamentos: una combinación de antihistamínicos (medicamentos para la alergia), un antiinflamatorio llamado colchicina (utilizado para tratar la gota) o un anticoagulante llamado rivaroxabán (que se usa normalmente para prevenir coágulos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares).

El equipo de investigación descubrió que todos los grupos experimentaron una reducción significativa en la fatiga que ellos mismos reportaron durante 12 semanas (mejorando un promedio de 4,3 puntos en una escala de 40 puntos), lo que respalda la idea de que la atención especializada para el Covid prolongado puede conducir a mejoras importantes en los síntomas.

Quienes tomaban antihistamínicos y colchicina, pero no el anticoagulante rivaroxabán, experimentaron un pequeño beneficio adicional en la reducción de la fatiga a las 12 semanas (una mejora de 1,5 puntos en la escala). Sin embargo, este beneficio no se mantuvo a las 24 semanas (12 semanas después de que los participantes dejaran de tomar los medicamentos).

Evidencia en Covid persistente

El ensayo fue realizado por un equipo nacional de investigadores, médicos y pacientes en 12 clínicas de Inglaterra y Escocia, liderado por los co-investigadores principales, el profesor Amitava Banerjee de la UCL y la doctora Melissa Heightman del UCLH.

El profesor Banerjee (Instituto de Informática Sanitaria de la UCL), autor principal del estudio, declara: «Cuando comenzamos en 2021, probamos posibles medicamentos basándonos en las teorías más prometedoras sobre cómo mejorar la COVID persistente. Nuestros hallazgos sugieren que es poco probable que estos fármacos por sí solos sean la solución a la fatiga por COVID persistente. Los antihistamínicos y el antiinflamatorio colchicina proporcionaron un pequeño beneficio, pero este no se mantuvo una vez que los participantes dejaron de tomarlos, por lo que es improbable que mejoren los síntomas a largo plazo por sí solos».

«Tanto los antihistamínicos como la colchicina afectan al sistema inmunitario y es posible que aborden la desregulación inmunitaria con la que se ha relacionado el Covid persistente, pero se necesita más investigación para comprender el posible mecanismo.El anticoagulante rivaroxabán no tuvo ningún beneficio, por lo que nuestros resultados no respaldan el uso de medicamentosanticoagulantes para el Covid persistente».

Melissa Heightman, jefa clínica del servicio post-Covid del UCLH, agrega: «Es alentador que las personas experimentaran una reducción significativa de la fatiga en todos los grupos del ensayo. Esto supera las expectativas basadas únicamente en el tiempo, dado que los participantes presentaban fatiga severa al momento del reclutamiento y habían estado enfermos durante más de un año en promedio. Este nivel de mejoría demuestra la importancia de la atención especializada para el Covid persistente. Estos servicios en Inglaterra ofrecen atención integral de diversas especialidades, con rehabilitación comunitaria para desarrollar un plan personalizado según los síntomas de cada persona y todas las formas en que la enfermedad le afecta».

Los participantes del ensayo fueron adultos con COVID persistente que no habían requerido hospitalización. Las 12 clínicas para pacientes con COVID persistente se ubicaron en diversas zonas, desde Hull y las Tierras Altas hasta Leicester y Londres. La fatiga se evaluó mediante un cuestionario al inicio del ensayo y posteriormente a las 12 y 24 semanas.

El ensayo fue abierto, lo que significa que los participantes sabían qué medicamento estaban tomando (no hubo placebo en el grupo de control), por lo que los investigadores no pudieron descartar un efecto placebo. Sin embargo, señalaron que era improbable que el beneficio observado en dos de los grupos tratados con fármacos se debiera únicamente al efecto placebo, dado que no se encontró tal beneficio en el otro grupo tratado con rivaroxabán.

El profesor Banerjee apunta: «Hemos demostrado que es posible llevar a cabo un ensayo clínico a gran escala para el Covid persistente y probar los tratamientos como lo haríamos para cualquier otra afección«. Así, el valor de estos resultados no reside únicamente en que sugieren un posible enfoque terapéutico, sino también en que nos ayudan a comprender la biología del COVID persistente. Cada señal que observamos en el ensayo nos permite perfeccionar nuestra comprensión de los mecanismos inmunitarios e inflamatorios que podrían estar impulsando la enfermedad, para así desarrollar tratamientos nuevos y mejor específicos para futuros ensayos.

Las personas con cáncer de recto que necesitan una ileostomía temporal durante su tratamiento podrían recuperarse mejor tras la cirugía destinada a cerrarla gracias a una sencilla técnica que prepara el intestino antes de la intervención. Así lo pone de manifiesto un ensayo clínico multicéntrico liderado por el Cancer Center Clínica Universidad de Navarra (CCUN), cuyos resultados apuntan a una reducción de las complicaciones digestivas y, especialmente, del riesgo de sufrir íleo postoperatorio, una de las alteraciones más frecuentes tras este tipo de cirugía.

El trabajo, publicado en la revista científica Colorectal Disease, evaluó la eficacia de estimular el tramo del intestino que permanece inactivo mientras el paciente lleva la ileostomía, una estrategia que podría facilitar la recuperación de la función intestinal una vez se restablece el tránsito digestivo.

Tras la extirpación de un cáncer de recto es frecuente que los cirujanos realicen una ileostomía de protección, una abertura temporal en la pared abdominal que desvía las heces hacia una bolsa externa mientras cicatriza la unión entre el intestino y el recto. Esta medida reduce el riesgo de complicaciones durante el proceso de recuperación, pero obliga a realizar una segunda intervención meses después para cerrar la ileostomía y restablecer el tránsito intestinal.

Aunque esta segunda operación suele considerarse menos compleja, también puede provocar complicaciones. Una de las más habituales es el íleo postoperatorio, una recuperación lenta o insuficiente del funcionamiento normal del intestino que puede prolongar el ingreso hospitalario y retrasar la recuperación del paciente.

Preparar el intestino

Con el objetivo de reducir este riesgo, los investigadores diseñaron el ensayo Ileostim, en el que emplearon una técnica sencilla para estimular el tramo intestinal que permanece sin actividad durante el tiempo que dura la ileostomía.

El procedimiento consiste en introducir una solución de suero salino con un espesante nutricional en esa parte inactiva del intestino a través del estoma. Tras recibir formación por parte de enfermeras estomaterapeutas, los propios pacientes pueden realizar esta irrigación en su domicilio durante el periodo previo a la cirugía de cierre de la ileostomía.

Los resultados mostraron que el 7,6 % de los pacientes que recibieron esta estimulación desarrolló íleo postoperatorio, frente al 16,4 % del grupo que siguió el procedimiento habitual, lo que supone una reducción superior al 50 % de esta complicación.

Un estudio con 175 pacientes

El ensayo incluyó a 175 pacientes atendidos en 18 hospitales españoles, entre ellos la Clínica Universidad de Navarra, hospitales públicos de Madrid, Cataluña, Castilla y León, Illes Balears, Cantabria, Asturias, Canarias y Castilla-La Mancha.

Según explica el doctor Jorge Arredondo, coordinador del Área de Cáncer Gastrointestinal del CCUN e investigador principal del estudio, aunque los resultados no alcanzaron significación estadística, sí muestran una tendencia clara a favor de esta estrategia.

En concreto, señala que la estimulación del intestino parece favorecer que el segmento intestinal inactivo recupere antes su funcionamiento tras la cirugía, reduciendo el riesgo de íleo postoperatorio y disminuyendo algunas complicaciones digestivas.

Además de su posible beneficio clínico, los investigadores destacan que se trata de una técnica relativamente sencilla, poco invasiva y que puede realizarse en el domicilio del paciente una vez recibe la formación adecuada por parte del personal de enfermería especializado en el cuidado de los estomas.

Aunque serán necesarios nuevos estudios para confirmar estos resultados y determinar qué pacientes pueden beneficiarse en mayor medida, el ensayo aporta una nueva estrategia para optimizar la recuperación tras una intervención frecuente en el tratamiento del cáncer de recto.

Hoy en día los conductores conviven con tratamientos farmacológicos necesarios para su salud, pero que pueden afectar a su capacidad para ponerse al volante. Actualmente, uno de cada tres conductores habituales (34%) reconoce coger el coche bajo los efectos de medicamentos que pueden interferir en la conducción, una realidad que incrementa la exposición potencial al riesgo vial. Sin embargo, a pesar de que podrían estar relacionados con entre el 5% y el 10% de los siniestros de tráfico, la toma de fármacos sigue fuera del radar preventivo de los conductores y su riesgo continúa siendo poco visible para gran parte de la población.

Esta es una de las principales conclusiones del estudio ‘Fármacos y Conducción’, elaborado por Fundación Mapfre y Fundación Bidafarma, en colaboración con la Dirección General de Tráfico (DGT), el Consejo General de Colegios Farmacéuticos y a través de la consultora Salvetti Llombart. El objetivo del documento es explorar en profundidad el nivel de conocimiento y de concienciación de la población sobre la conducción bajo los efectos de la medicación, así como analizar sus percepciones y reacciones ante los posibles riesgos asociados.

El informe ha sido presentado esta mañana en un evento queha contado con la participación de Eva Arranz, médico de Fundación Mapfre; Manuela Villena, directora de Fundación Bidafarma; Montserrat Pérez, subdirectora General de Formación y Educación Vial de la DGT; Rita de la Plaza, tesorera del Consejo General de Colegios Farmacéuticos,e Ida Castellsaguer, Business & Sales director de Salvetti Llombart. Durante el acto, se ha puesto en evidencia la necesidad de seguir sensibilizando sobre el impacto de los fármacos en la conducción, reforzando la concienciación sobre un riesgo todavía poco integrado en los hábitos preventivos de los conductores, más aún teniendo en cuenta que tres de cada cuatro conductores habituales (75%) han tomado medicación que pueda afectar a la conducción en los últimos tres años.

“Los medicamentos se asocian a mejoras en la salud, al ser prescritos por profesionales médicos, lo que puede reducir la percepción de riesgo de su impacto en la capacidad en la conducción o de existencia de efectos adversos. Esa menor percepción del riesgo puede ser mayor en el caso de productos sin receta o productos naturales. Muchos conductores no identifican el riesgo o piensan que pueden compensar los efectos de la medicación al volante. Ese desconocimiento y esa falsa sensación de control es, precisamente, uno de los principales problemas que revela este estudio”, ha destacado Eva Arranz, médico de Fundación Mapfre.

“Es importante consultar con el profesional sanitario el efecto que la medicación puede causar en la conducción. Si necesita conducir consulte con su médico para tomar las medidas adecuadas sin abandonar el tratamiento”, ha subrayado también la doctora de la Fundación.

El riesgo que los conductores no ven

El estudio alerta de que los efectos secundarios de los fármacos aún no preocupan a los conductores antes de ponerse al volante, pese a que pueden afectar a la atención, los reflejos y la capacidad de reacción. De hecho, revela una importante contradicción entre lo que los conductores saben y lo que realmente hacen. Al preguntarles explícitamente sobre cómo sitúan el nivel de riesgo del consumo de medicamentos, lo puntúan con un 6,9 sobre 9 puntos, y el 83% considera que los medicamentos pueden representar un riesgo alto para la conducción.

Sin embargo, a la hora de valorar las situaciones en las que se extrema la precaución, únicamente el 26% afirma hacerlo cuando toma medicación, y solo un 3% lo menciona espontáneamente lo que implica que no está incorporado dentro del denominado «check mental» que activa las conductas preventivas antes de conducir. En cambio, situaciones como la lluvia (72%), la conducción nocturna (60%) o el cansancio (53%) generan elevados niveles de alerta entre los conductores.

Una falsa sensación de control

La investigación identifica una elevada confianza de los conductores en su propia capacidad para evaluar los efectos de los medicamentos. De hecho, el 61% de todos los conductores medicados declara que su medicación no afecta o afecta poco a su capacidad de conducción (una cifra que aumenta al 73% en el caso de los que, además de tomar medicación, decide seguir conduciendo bajo los efectos de los fármacos), algo que, a priori, es difícil de afirmar puesto que algunos síntomas o efectos secundarios pueden ser difíciles de percibir.

Si se analizan concretamente los resultados de los encuestados que conducen y toman fármacosla mitad (49%) reconoce haber notado síntomas tras tomar la medicación como somnolencia, fatiga, disminución de reflejos, menor atención o capacidad de reacción más lenta.

Sin embargo, la respuesta más habitual no es dejar de conducir, sino adaptar la conducción reduciendo la velocidad o extremando precauciones.

No solo ansiolíticos

El informe constata que los conductores identifican con mayor facilidad el riesgo asociado a determinados medicamentos como aquellos que se usan para dormir, la ansiedad, la depresión o el dolor intenso. No obstante, tienden a infravalorar los efectos sobre la conducción de otros medicamentos de uso frecuente y ampliamente normalizados, pese a que también pueden afectar a la conducción, como antigripales, antitusivos, antihistamínicos, relajantes musculares o determinados productos “naturales” utilizados para dormir o relajarse.

Además, los expertos advierten del aumento de la polimedicación y de la normalización del consumo de medicamentos sin receta, una realidad que puede incrementar el riesgo al volante cuando se combinan distintos tratamientos o se mezclan con alcohol u otras sustancias. Y es que la combinación de distintos tratamientos puede generar efectos acumulativos e interacciones farmacológicas.

Una señal real y visible

El pictograma de conducción, presente en algunos medicamentos desde el año 2007, también tiene un importante potencial como recordatorio preventivo, pero su conocimiento aún no está plenamente consolidado.

Aunque muchas personas declaran fijarse en el envase o en los símbolos, el reconocimiento del pictograma sigue siendo limitado: un 42% de los conductores declara que no lo reconoce o no está seguro de su significado.

A esto se suma que, algunos de los conductores medicados entrevistados refieren que no siempre leen el prospecto, solamente lo hacen ante determinadas medicaciones, ante advertencias de los profesionales o cuando notan algún efecto secundario. De hecho, se consulta de forma reactiva, ante duda o síntoma, más que como herramienta preventiva antes de tomar el medicamento.