Las olas de calor no afectan por igual a toda la población. Además de la edad o la presencia de enfermedades crónicas, factores como la pobreza energética, las condiciones de la vivienda o la precariedad laboral pueden aumentar de forma considerable el riesgo de sufrir problemas de salud asociados a las altas temperaturas. Así lo advierte la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC), que reclama incorporar los determinantes sociales de la salud en las estrategias de prevención frente al calor extremo.
La advertencia llega en un verano que está siendo especialmente cálido y en el que se estima que ha habido un gran crecimiento en el número de fallecimientos atribuibles al calor. Según los datos estadísticos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), durante el mes de junio de 2026 podrían haber fallecido más de 1.000 personas por motivos asociados a las altas temperaturas, frente a los menos de 500 del año pasado. Y en este aumento, según semFYC, están implicados multitud de variables.
«La susceptibilidad de las personas a las temperaturas extremas no depende en exclusiva de factores individuales, sino que tiene una relación muy estrecha con las condiciones en las que vivimos y trabajamos», explica Sandra Robles, médica de familia y coordinadora del Grupo de Trabajo de Inequidades en Salud de la semFYC.
Gasto energético
Uno de los factores que más preocupa a los profesionales es la pobreza energética, que limita la capacidad de muchas familias para mantener una temperatura adecuada en sus hogares durante los episodios de calor intenso. Según los datos que recoge la sociedad científica, alrededor del 17% de los hogares soporta un gasto energético desproporcionado en relación con sus ingresos, aunque algunos estudios elevan esta situación hasta una de cada tres familias.
Esta realidad obliga en muchos casos a reducir el uso de ventiladores o aire acondicionado, restringir el consumo eléctrico o modificar hábitos cotidianos, lo que incrementa el riesgo de deshidratación, agotamiento, golpes de calor o descompensaciones de enfermedades previas.
«La vulnerabilidad energética es una forma más de manifestación de pobreza», señala Robles, quien recuerda además que las familias con menos recursos suelen residir en viviendas más antiguas y con menor eficiencia energética, lo que dificulta aún más protegerse de las altas temperaturas.
Perfiles más vulnerables
La sociedad científica identifica varios perfiles especialmente vulnerables frente al calor. Entre ellos figuran las personas mayores, los menores de cuatro años, quienes presentan situaciones de dependencia y los pacientes con enfermedades crónicas como patologías cardiovasculares, diabetes, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), insuficiencia renal, demencia u obesidad.
Pero el riesgo también aumenta entre las personas desempleadas o con bajo nivel socioeconómico, la población migrante procedente de países del sur global y quienes viven en edificios construidos antes de la década de 1980, cuando los criterios de eficiencia energética eran mucho menos exigentes.
Además, la semFYC advierte de una mayor afectación en determinadas situaciones familiares, especialmente entre mujeres mayores que viven solas y familias monomarentales, colectivos que pueden encontrar mayores dificultades para afrontar los efectos del calor extremo. A ello se suman otros problemas indirectos relacionados con las altas temperaturas, como el incremento de la siniestralidad laboral, los accidentes de tráfico, los ahogamientos o las intoxicaciones alimentarias.
Medidas estructurales
Como indican desde la sociedad médica, la atención primaria desempeña un papel esencial para identificar a las personas con mayor riesgo, adaptar determinados tratamientos cuando las condiciones climáticas lo requieren y realizar un seguimiento más estrecho de los pacientes vulnerables. También se recurre a herramientas como las alertas meteorológicas sanitarias, el índice Kairós (que aporta previsiones de posibles fallecimientos a futuro) o materiales específicos de prevención elaborados por el Ministerio de Sanidad.
La semFYC considera igualmente necesario incorporar preguntas relacionadas con la pobreza energética durante la consulta, siempre que existan recursos sociales capaces de dar respuesta a las situaciones detectadas.
No obstante, la sociedad científica insiste en que las actuaciones sanitarias, por sí solas, no son suficientes. A su juicio, el mayor impacto sobre la salud llegará mediante medidas estructurales que mejoren la eficiencia energética de las viviendas, faciliten el acceso a la energía, refuercen la protección de los trabajadores expuestos al calor y promuevan una planificación urbana y arquitectónica con perspectiva de equidad.
