Unidos por la salud

Pertenece y transforma la comunidad de pacientes

Los resultados preliminares de un nuevo estudio a gran escala sugieren que las personas que portan ciertas variantes genéticas asociadas con una preferencia por los sabores dulces o grasos no solo tienden a consumir más de estos alimentos, sino que también tienen un mayor riesgo de obesidad y diabetes tipo 2.

Este estudio, presentado en NUTRITION 2026, la reunión anual más importante de la Sociedad Estadounidense de Nutrición, es uno de los mayores estudios de asociación de genoma completo sobre preferencias gustativas realizados hasta la fecha. Se llevó a cabo utilizando el Biobanco del Reino Unido, una base de datos de aproximadamente medio millón de personas en el Reino Unido que proporcionaron información genética y completaron cuestionarios sobre sus preferencias alimentarias, dieta y salud.

«Estos hallazgos sugieren que la predisposición a comer en exceso alimentos muy apetitosos, como bebidas azucaradas, frituras y patatas fritas, tiene su origen, en parte, en nuestros genes. Esto podría ayudar a explicar por qué a algunas personas les cuesta más que a otras elegir alimentos saludables y podría abrir la puerta a enfoques más personalizados para prevenir el riesgo de enfermedades crónicas relacionadas con la dieta», explica Julie Gervis, doctora en filosofía e investigadora postdoctoral en el Centro de Medicina Genómica del Hospital General de Massachusetts (Estados Unidos).

Enfoque para capturar preferencias gustativas

Los estudios de asociación del genoma completo analizan el ADN de muchas personas para buscar diferencias genéticas vinculadas a rasgos, comportamientos o enfermedades específicas. Sin embargo, dado que puede resultar muy difícil medir las preferencias gustativas en grandes grupos de personas, los investigadores idearon un enfoque único para capturar dichas preferencias. Este enfoque combinaba información de cuestionarios sobre preferencias alimentarias con bases de datos sensoriales que describían el sabor de los alimentos, incluyendo características como el dulzor, la salinidad y la grasa.

«Este enfoque mejora enormemente nuestra capacidad para estudiar las bases genéticas de las preferencias gustativas en grandes grupos de personas y para comprender el papel de estas predisposiciones hereditarias en comportamientos humanos complejos y enfermedades metabólicas», indica Gervis.

El equipo comenzó por identificar rasgos de preferencia gustativa y realizar estudios genéticos a gran escala en un subconjunto de la base de datos del Biobanco del Reino Unido para identificar variantes asociadas a cada preferencia gustativa: dulce, salado y graso. Posteriormente, utilizaron esta información para crear una puntuación genética única que reflejara las predisposiciones genéticas acumulativas a preferir cada sabor.

A continuación, utilizaron un subconjunto independiente del Biobanco del Reino Unido para comprobar si las personas con una mayor predisposición genética a la preferencia por lo dulce, por ejemplo, consumían realmente más alimentos dulces, como postres y bebidas azucaradas, y tenían un mayor riesgo de obesidad y diabetes tipo 2.

A lo largo de los análisis, los investigadores también tuvieron cuidado de considerar factores como la edad, el sexo, la ascendencia genética y la ingesta total de energía para ayudar a aislar el efecto específico de la genética de las preferencias gustativas.

Predisposición genética a los alimentos dulces

Los resultados preliminares mostraron que las personas con una mayor predisposición genética a preferir el sabor dulce consumen más alimentos dulces: aproximadamente, 7 gramos más al día, en promedio. Si bien esta cantidad puede parecer pequeña, con el tiempo puede acumularse.

Los investigadores también descubrieron que una mayor puntuación genética en la preferencia por lo dulce y lo graso estaba relacionada con un mayor peso corporal y un riesgo ligeramente mayor de diabetes tipo 2, lo cual se explicaba en gran medida por el efecto de estas puntuaciones en el consumo de alimentos hiperpalatables.

«Nuestros hallazgos sugieren que los genes que influyen en las preferencias gustativas podrían desempeñar un papel importante en el riesgo de enfermedades metabólicas al afectar los hábitos alimenticios. Este tipo de información podría ayudar a identificar precozmente a las personas con mayor riesgo de padecer enfermedades relacionadas con la dieta, para que puedan recibir apoyo específico», subraya Gervis.

Diseñar intervenciones dietéticas personalizadas

Los hallazgos también podrían ser útiles para diseñar intervenciones dietéticas adaptadas a las preferencias gustativas de cada persona. Por ejemplo, si alguien tiene una fuerte predisposición genética a preferir el sabor dulce, las estrategias que aborden específicamente esta predisposición, como las técnicas conductuales o el uso de especias, podrían ser más efectivas que una dieta genérica.

Los investigadores están trabajando ahora para replicar sus hallazgos en otros grupos numerosos de personas y están examinando cómo las predisposiciones genéticas de una persona a otras preferencias gustativas, como el amargo, el ácido y el umami, afectan a la calidad de la dieta y a los factores de riesgo de enfermedades metabólicas.

En un proyecto relacionado, los investigadores también están examinando si las predisposiciones genéticas a las preferencias gustativas influyen en la respuesta a medicamentos para enfermedades metabólicas como los agonistas del GLP-1. Esta línea de investigación se basa en la evidencia emergente de que algunas personas que toman estos medicamentos experimentan cambios importantes en su sentido del gusto, lo que puede afectar sus preferencias alimentarias, su comportamiento alimentario y su calidad de vida. Los investigadores esperan que este proyecto les permita comprender mejor quiénes tienen más probabilidades de beneficiarse de los medicamentos con GLP-1, lo que contribuirá a impulsar iniciativas más amplias en medicina de precisión para la obesidad y la diabetes tipo 2.

La hepatitis D ha sido considerada la forma más grave de hepatitis viral crónica y, durante décadas, una enfermedad para la que apenas existían alternativas terapéuticas. Hoy ese escenario está cambiando y se ha producido un cambio de paradigma. Durante décadas ha sido «la hepatitis olvidada», pero en los últimos dos años ha cambiado el panorama en Europa por tres razones: mejores tratamientos, mayor conciencia sobre el infradiagnóstico y nuevas evidencias sobre su agresividad.

Los primeros resultados del Registro Nacional de pacientes con hepatitis D tratados con bulevirtida, impulsado por la Asociación Española para el Estudio del Hígado (AEEH) y presentados en su 51º Congreso Anual, confirman que el primer tratamiento específico aprobado para esta enfermedad ofrece resultados positivos también en la práctica clínica habitual, más allá de los ensayos clínicos. El estudio analiza la evolución de pacientes tratados en hospitales españoles durante más de un año desde la financiación de bulevirtida en España, en febrero de 2024, y constituye la mayor experiencia nacional con este tratamiento en condiciones reales de práctica clínica.

Entre los pacientes evaluados, el 60% logró una respuesta virológica tras 48 semanas de tratamiento y cerca de tres de cada diez alcanzaron la negativización completa del ARN del virus de la hepatitis D. Además, la respuesta fue aumentando con el tiempo, incluso entre pacientes que inicialmente parecían responder peor al tratamiento.

Los investigadores observaron también una mejora de los parámetros bioquímicos y comprobaron que los pacientes con menor carga viral al inicio del tratamiento presentaban mayores probabilidades de alcanzar una respuesta completa, lo que pone de manifiesto la importancia del diagnóstico precoz y del inicio temprano del tratamiento. En cuanto a la seguridad, la bulevirtida mostró un perfil favorable, con efectos adversos leves y escasos durante el seguimiento.

Además, otros fármacos (mediante mecanismos diferentes al del bulevirtida) se encuentran actualmente en fase de investigación en ensayos clínicos cuyos resultados prometedores sitúan la curación de la hepatitis D como un objetivo alcanzable a medio plazo.

La hepatitis D, una enfermedad infradiagnosticada

La hepatitis D solo puede afectar a personas infectadas por el virus de la hepatitis B. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha clasificado el VHD como cancerígeno (Clase I), ya que acelera de forma significativa la progresión hacia cirrosis, insuficiencia hepática y cáncer de hígado. A pesar de ello, continúa siendo una enfermedad poco conocida y frecuentemente infradiagnosticada, ya que muchos pacientes nunca han sido estudiados para descartar hepatitis D debido a que la enfermedad cursa de forma asintomática en la mayor parte de los casos.

La AEEH advierte de que entre el 30% y el 50% de los pacientes presenta cirrosis en el momento del diagnóstico y que aproximadamente un tercio desarrolla daño hepático avanzado en menos de una década. «La llegada de tratamientos específicos como bulevirtida ha cambiado completamente el manejo de estos pacientes. Ahora diagnosticar la hepatitis D marca una diferencia real en su pronóstico, por lo que es imprescindible identificar a todos los pacientes susceptibles de beneficiarse», destacan los hepatólogos de la AEEH.

En este sentido, España puede liderar también el diagnóstico precoz de la hepatitis D, como ha ocurrido con la hepatitis C. Ya existe evidencia científica muy interesante que lo demuestra: por ejemplo, el estudio catalán Opti-Hep-D demuestra que incorporar automáticamente el cribado universal de hepatitis D en todos los pacientes con hepatitis B es perfectamente viable y permite rescatar numerosos casos que pasaban desapercibidos. Además, una proporción importante de los nuevos diagnósticos no presentaba factores de riesgo evidentes, lo que cuestiona un cribado basado únicamente en perfiles de riesgo.

La AEEH reclama ampliar el diagnóstico

A la luz de estos resultados, la AEEH recuerda que toda persona con infección crónica por el virus de la hepatitis B debería ser estudiada para descartar la coinfección por hepatitis D, una recomendación respaldada por las principales guías clínicas internacionales.

Para la sociedad científica, la disponibilidad de tratamientos eficaces hace más necesario que nunca reforzar las estrategias de cribado y garantizar un acceso homogéneo al diagnóstico y al tratamiento en todo el territorio nacional, tal como recoge su Plan Nacional de Salud Hepática.

«Durante muchos años la hepatitis D era una enfermedad para la que apenas podíamos ofrecer soluciones. Hoy disponemos de una terapia eficaz y segura; el reto ya no es solo tratar, sino encontrar a los pacientes que siguen sin diagnosticar», concluye la AEEH.

La fibromialgia es una enfermedad que altera la forma en que el sistema nervioso procesa el dolor y afecta de lleno a la vida cotidiana. Por eso, la ciencia busca estrategias que ayuden a comprender mejor qué factores pueden influir en sus síntomas y cómo acompañar mejor a las pacientes. La alimentación ocupa un lugar creciente en esa búsqueda.

En ese contexto se sitúa FIBROVEG, un ensayo clínico liderado desde la Universidad Francisco de Vitoria que analiza qué ocurre cuando la dieta mediterránea se lleva a una versión completamente vegetal, manteniendo alimentos característicos de este patrón como frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y aceite de oliva.

Según los autores, una dieta mediterránea vegana podría contribuir a mejoras a corto plazo en algunos marcadores cardiometabólicos y en el dolor percibido en mujeres con fibromialgia.

El ensayo incluyó a 22 mujeres con fibromialgia, divididas en dos grupos. Durante seis semanas, unas siguieron una dieta mediterránea tradicional y otras una dieta mediterránea vegana. Ambas pautas fueron diseñadas con una cantidad similar de energía y una distribución comparable de nutrientes, de forma que la diferencia principal estuviera en el origen de los alimentos. Según Alberto Roldán, investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Francisco de Vitoria, el trabajo buscaba comprobar si una versión completamente vegetal de la dieta mediterránea podía producir cambios medibles en marcadores de salud y síntomas relevantes para mujeres con fibromialgia.

La pauta vegana evaluada reorganiza el plato alrededor de alimentos vegetales habituales en la dieta mediterránea. Las participantes aumentaron el consumo de cereales, legumbres, frutos secos, semillas y alternativas vegetales frente al grupo de dieta mediterránea tradicional. Más fibra y más alimentos vegetales fueron dos de los cambios más claros.

Menos colesterol malo y menos triglicéridos

El objetivo principal del estudio era medir el colesterol LDL, conocido de forma habitual como colesterol malo, un marcador relacionado con la salud cardiovascular. Las mujeres que siguieron la dieta mediterránea vegana presentaron una reducción mayor que las del grupo tradicional: una diferencia estimada de 21,2 mg/dl entre grupos. También bajaron más los triglicéridos, con una diferencia estimada de 27,4 mg/dl.

Miguel López-Moreno, investigador de la UFV y autor de correspondencia del estudio, matiza que estos resultados deben interpretarse como mejoras en biomarcadores a corto plazo. El ensayo no permite concluir que exista una reducción demostrada del riesgo cardiovascular a largo plazo. El dato tiene interés porque la fibromialgia puede convivir con perfiles cardiometabólicos menos favorables. Para López-Moreno, mejorar el colesterol y los triglicéridos no resuelve la enfermedad, pero ayuda a ampliar la mirada sobre la salud de mujeres que arrastran síntomas crónicos y un fuerte impacto en su calidad de vida.

El dolor percibido

El resultado más cercano a la experiencia diaria de las pacientes apareció en el dolor. Las mujeres del grupo de dieta mediterránea vegana redujeron más la puntuación del ítem de dolor del Fibromyalgia Impact Questionnaire, una escala utilizada para valorar cómo afecta la fibromialgia a la vida cotidiana. La mejora se observó en dolor percibido, un síntoma central para muchas pacientes. Para López-Moreno, sería precipitado afirmar que esta dieta mejora la fibromialgia en conjunto. Lo que muestra el estudio es una señal concreta en dolor percibido, que deberá seguir analizándose en futuras investigaciones.

El aumento de fibra aparece como una posible explicación parcial de la mejora del colesterol. Las participantes del grupo vegano consumieron más cereales, legumbres, frutos secos y semillas, y el análisis exploratorio sugiere que ese cambio podría haber contribuido a reducir el colesterol malo. Aun así, el propio diseño del estudio obliga a interpretarlo como una hipótesis de trabajo. Según Gabriele Bertotii, coautor del estudio, el interés de esta pauta está en el patrón completo: más alimentos vegetales propios de la dieta mediterránea y más fibra dentro de una planificación nutricional adecuada.

La adherencia apareció como uno de los principales retos. Las participantes que siguieron la dieta mediterránea vegana comunicaron menor satisfacción con la pauta y más barreras percibidas para mantenerla, entre ellas la fuerza de voluntad, el autocontrol y el coste percibido de los alimentos necesarios. Durante la intervención, además, recibieron suplementación de vitamina B12 para prevenir posibles deficiencias asociadas a este patrón alimentario.

El Hospital Universitario de Bellvitge y el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) han identificado una alteración cromosómica recurrente no descrita previamente en la telangiectasia hemorrágica hereditaria (HHT), también conocida como enfermedad de Rendu-Osler. El hallazgo permite dar respuesta a familias que llevaban años conviviendo con la enfermedad sin conocer el origen genético de la misma.

La investigación, en colaboración con profesionales del Hospital Clínic de Barcelona, publicada en la revista European Journal of Internal Medicine, ha sido liderada por profesionales de la Unidad de HHT del Hospital Universitario de Bellvitge, la mayor de España, con cerca de 500 personas atendidas.

La enfermedad de Rendu-Osler es una enfermedad minoritaria vascular hereditaria que puede provocar hemorragias nasales diarias, anemia crónica y malformaciones vasculares en los pulmones, el hígado o el cerebro que pueden conllevar complicaciones potencialmente graves.

Cuando una persona tiene la enfermedad de Rendu-Osler, identificar la causa genética permite estudiar a otros miembros de la familia que podrían haberla heredado aunque no presenten síntomas evidentes. Esto facilita la detección precoz de posibles complicaciones y permite iniciar un seguimiento médico adecuado antes de que aparezcan problemas de salud. “Para muchas familias, poner nombre a la causa genética de la enfermedad significa acabar con años de incertidumbre. Además, nos permite identificar a familiares en riesgo y actuar antes de que aparezcan complicaciones potencialmente graves”, explica la Dra. Anna Esteve-Garcia, asesora genética del Hospital Universitario de Bellvitge y primera autora del estudio.

En una enfermedad hereditaria como la HHT, detectar precozmente a las personas afectadas permite realizar estudios específicos para identificar malformaciones vasculares en los pulmones, el hígado o el cerebro antes de que provoquen complicaciones graves.

Una pista inesperada

La mayoría de las personas con HHT presentan una alteración genética conocida. Sin embargo, entre un 15% y un 20% continúan sin saber qué alteración genética es la responsable de su enfermedad. Este era el caso de las cuatro familias incluidas en el estudio. A pesar de cumplir los criterios clínicos internacionales de diagnóstico, los análisis genéticos realizados durante años no habían permitido identificar la causa. Un elemento llamó especialmente la atención del equipo investigador: todas las familias compartían antecedentes de abortos de repetición.

Esta observación llevó al equipo investigador a revisar estudios cromosómicos previos y a profundizar en el análisis genético de los casos. La investigación acabó identificando una alteración cromosómica recurrente que afectaba a los cromosomas 9 y 12 y alteraba el funcionamiento del gen ACVRL1, uno de los principales genes relacionados con la enfermedad de Rendu-Osler.

La particularidad de esta alteración es que puede pasar desapercibida con las estrategias habituales de secuenciación del exoma, una de las herramientas más utilizadas actualmente para diagnosticar enfermedades hereditarias. “El hallazgo pone de manifiesto la importancia de incorporar nuevas estrategias de análisis, ya que determinadas variantes patogénicas pueden pasar desapercibidas con las técnicas de secuenciación habituales. A partir de estos casos, hemos incorporado herramientas que facilitan la detección de esta translocación a partir de datos de exoma completo. De este modo, ampliamos el rendimiento diagnóstico de una prueba que ya forma parte de la práctica clínica habitual y aumentamos la capacidad diagnóstica en enfermedades minoritarias complejas”, destaca la Dra. Ariadna Padró-Miquel, especialista del Área de Genética Molecular del Laboratorio Clínico del Hospital Universitario de Bellvitge y autora sénior del estudio.

Bellvitge, referente internacional

Este hallazgo consolida una línea de investigación que, en los últimos meses, ha situado a Bellvitge entre los centros internacionales de referencia en el estudio y tratamiento de la enfermedad de Rendu-Osler. A finales de 2025, profesionales de la misma unidad participaron en el estudio publicado en The New England Journal of Medicine que demostró la eficacia del primer tratamiento desarrollado específicamente para esta enfermedad.

“En pocos meses hemos contribuido a dos avances muy relevantes para la comunidad internacional de personas con HHT: la demostración del primer tratamiento específico de la enfermedad y ahora la identificación de un nuevo mecanismo genético. Esto refleja la fortaleza de un modelo multidisciplinar que integra asistencia, diagnóstico e investigación, así como el papel del programa REMMA del IDIBELL para transformar la investigación en beneficios reales para las personas con enfermedades minoritarias”, señala el Dr. Antoni Riera-Mestre, jefe del Servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario de Bellvitge, responsable de la Unidad de HHT y jefe del grupo de Enfermedades Sistémicas, Vasculares y Envejecimiento del IDIBELL.

“En enfermedades minoritarias como la HHT, llegar al diagnóstico correcto no es solo una cuestión de conocimiento científico. Puede cambiar el seguimiento médico de una familia entera y permitir detectar a personas afectadas antes de que desarrollen complicaciones”, añade el Dr. Riera-Mestre.

Este nuevo hallazgo amplía el conocimiento sobre las causas genéticas de la enfermedad de Rendu-Osler y abre la puerta a diagnosticar casos que hasta ahora no tenían una explicación genética.

Cada vez, más personas deciden retrasar el momento de tener hijos. Es una tendencia clara, marcada por motivos personales, laborales o económicos. Sin embargo, mientras que el impacto de la edad en la fertilidad femenina es bien conocido, en el caso de los hombres sigue siendo un tema del que se habla mucho menos. Y la evidencia científica ya deja claro que la edad paterna también cuenta.

De hecho, un estudio presentado en el 35º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) pone el foco en esta realidad. La investigación ha sido liderada por el Dr. Maurizio de Rocco, andrólogo y endocrinólogo especializado en salud masculina, medicina reproductiva y disfunciones sexuales en Fertilab Barcelona, y analiza cómo la edad del hombre influye en el éxito de los tratamientos de reproducción asistida.

“Durante mucho tiempo se ha puesto más el foco en la mujer, pero lo cierto es que el factor masculino tiene el mismo peso cuando una pareja tiene dificultades para conseguir un embarazo”, explica el especialista.

Para llevar a cabo el estudio, se analizaron 1.021 tratamientos de fecundación in vitro con óvulos de donante, es decir, de mujeres jóvenes menores de 35 años, junto con más de 1.300 transferencias embrionarias. Esto permitió estudiar el impacto de la edad del hombre de forma más precisa, sin que la edad de la mujer condicionara los resultados.

Los datos muestran una tendencia clara: a partir de los 45 años, las probabilidades de tener un hijo bajan con el esperma del hombre de la pareja. En concreto, la probabilidad de conseguir un bebé al final del tratamiento pasa del 78% en hombres menores de 45 años al 70% en los mayores. Puede parecer una diferencia pequeña, pero en este contexto no lo es. “Estamos hablando de parejas que ya están en tratamientos de reproducción asistida, donde ponemos todos los medios posibles para ayudar. Que aún así exista una diferencia es algo importante”, señala el doctor.

Empeoramiento de la calidad

El estudio también muestra que, con la edad, la calidad del semen empeora. Hay menos espermatozoides y su movilidad es menor, lo que hace más difícil que se formen embriones y que estos evolucionen correctamente. Un punto importante es que esta diferencia no se debe a que haya más abortos. “Aproximadamente, un 12% de los embarazos terminaron en aborto, pero no vimos diferencias entre hombres jóvenes y mayores. Lo que cambia es que los hombres de más edad generan menos embriones desde el principio”, explica.

Además, se ha visto que ni siquiera utilizar óvulos de donante joven compensa del todo el efecto de la edad masculina. Es decir, aunque la parte femenina esté en condiciones óptimas, la edad del hombre sigue influyendo. A nivel médico, el mensaje es bastante claro: la fertilidad masculina también disminuye con el paso del tiempo. “A partir de los 40-45 años la calidad del semen empieza a bajar, y eso afecta tanto a la fertilidad natural como a la asistida”, añade el especialista. Aun así, sigue muy extendida la idea de que los hombres pueden tener hijos sin problemas a cualquier edad.

En consulta también se nota una diferencia importante. Mientras que las mujeres suelen hacerse revisiones de forma periódica, los hombres solo acuden cuando hay algún problema. “Cada vez hay más concienciación, sobre todo en generaciones más jóvenes, pero todavía no es lo habitual”, apunta.

Por eso, los expertos insisten en centrarse en lo que sí se puede controlar. “La edad no depende de nosotros, pero el estilo de vida sí; hacer ejercicio, cuidar el peso y hacerse revisiones puede ayudar a mantener una buena salud reproductiva”, recomienda.

Dormir mal se ha convertido en una consecuencia habitual del estrés para gran parte de la población española. Según los resultados del VIII Estudio de Salud y Estilo de Vida de Aegon, existe una relación directa entre el malestar emocional y los problemas de sueño.

En concreto, el 80% de la población asegura haber sufrido estrés durante el último año y más del 20% reconoce padecerlo de forma frecuente, una cifra que alcanza sus niveles más altos desde 2022. Esta situación afecta especialmente a las mujeres, a los jóvenes de entre 18 y 40 años, a las personas cuya situación económica ha empeorado y a quienes presentan una peor percepción de su salud emocional.

El impacto del estrés sobre el descanso es notable. El 58,6% de los encuestados presenta dificultades ocasionales para conciliar o mantener el sueño, mientras que el 24,3% las sufre con frecuencia.

El estudio sitúa así el sueño como uno de los indicadores más sensibles del estado emocional. Cuanto mayor es el nivel de estrés, más aumentan los problemas para descansar y peor es la valoración general del bienestar. Entre las personas que se consideran emocionalmente más vulnerables, el 51% presenta problemas frecuentes de sueño, lo que evidencia la estrecha conexión entre la salud mental y la calidad del descanso.

La mayoría no hace nada para mejorar su descanso

Pese a la elevada prevalencia de los problemas de sueño, el 61,4% de la población no adopta ninguna medida concreta para dormir mejor. Solo el 38,6% intenta mejorar su descanso mediante acciones como mantener horarios regulares, practicar ejercicio, reducir el consumo de cafeína y alcohol o recurrir a infusiones naturales.

Esta falta de hábitos de autocuidado también se observa en la gestión del propio estrés. Más del 58% de los encuestados no realiza ninguna acción para combatirlo, frente al 49,8% registrado en la edición anterior del estudio. Entre quienes sí intentan reducirlo, las estrategias más frecuentes son los cambios de hábitos, las actividades de ocio y el uso de suplementos. Sin embargo, estas prácticas han disminuido respecto a años anteriores.

Las dificultades laborales aparecen como el principal factor de estrés para el 39,2% de la población, seguidas de los problemas económicos, señalados por el 38,3%, y de las tensiones familiares o sociales, que afectan al 34,3%. Estas preocupaciones tienen una mayor presencia entre las personas en edad laboral activa, que deben afrontar simultáneamente la incertidumbre económica, las responsabilidades profesionales y las obligaciones familiares.

A nivel territorial, Baleares, Cantabria, Castilla y León y Madrid registran porcentajes superiores al 86% de población afectada por el estrés. Asturias se sitúa como excepción, ya que el 43,9% de sus habitantes afirma no haber experimentado tensión emocional durante el último año.

Menor satisfacción

El estrés no solo dificulta el sueño, sino que también deteriora la percepción global de bienestar. Las personas que lo padecen puntúan su estado emocional con una media de 7 sobre 10, frente al 8,64 de quienes aseguran no sufrirlo. También presentan una menor satisfacción vital, con una valoración de 6,72 frente a 8,09.

Las diferencias son todavía más acusadas al analizar la felicidad percibida. Mientras que el 95,1% de las personas sin estrés declara un nivel elevado de felicidad, este porcentaje desciende hasta el 68,3% entre quienes conviven con él.

Los resultados reflejan que el estrés se ha consolidado como uno de los principales problemas de salud y bienestar en España. Su impacto alcanza al descanso, al estado emocional y a la satisfacción con la vida, mientras que una parte importante de la población continúa sin adoptar medidas para prevenirlo o reducirlo.