Unidos por la salud

Pertenece y transforma la comunidad de pacientes

Mientras millones de personas esperan las vacaciones como un momento de descanso y desconexión, para muchas familias de personas con retos en el neurodesarrollo el verano supone una etapa especialmente exigente. Y es que, durante el curso escolar, estas familias suelen contar con una estructura relativamente estable formada por el colegio, las terapias, las actividades extraescolares, los profesionales de referencia y unas rutinas que proporcionan seguridad y predictibilidad. Sin embargo, cuando llega el verano, gran parte de estos apoyos desaparece durante semanas, obligando a las familias a reorganizar completamente su vida cotidiana.

«Para muchas familias, las vacaciones representan un periodo de enorme exigencia porque pierden buena parte de los recursos y apoyos que facilitan el día a día durante el curso», explica Ana González Navarro, psicóloga sanitaria especializada en neurodesarrollo y fundadora de Busca & Encuentra, la plataforma digital que conecta a familias con profesionales, entidades y recursos especializados en neurodesarrollo, y que nació para facilitar el acceso a apoyos adaptados a necesidades como el autismo, el TDAH, la discapacidad intelectual, la dislexia u otros trastornos del neurodesarollo.

A esta situación se suma otro factor poco visible: la soledad social. Muchos niños, adolescentes y jóvenes con necesidades específicas de apoyo no cuentan con una red estable de amistades fuera de los entornos educativos. Durante el curso existen espacios compartidos que favorecen las relaciones sociales, aunque sea de manera limitada. En verano, esos contactos desaparecen y son las propias familias quienes asumen gran parte de la responsabilidad de generar actividades, acompañar, entretener y sostener emocionalmente a sus hijos.

Una sociedad poco preparada

Las familias afectadas por esta problemática consideran que la sociedad todavía está muy lejos de poder atender a sus demandas. En primer lugar, indican que los campamentos especializados son uno de los principales recursos para muchas familias durante el verano. Sin embargo, las plazas son limitadas, la oferta sigue siendo escasa en muchas zonas y la duración de estos programas rara vez cubre todo el periodo vacacional. «La realidad es que el verano es muy largo y los recursos disponibles son insuficientes para responder a las necesidades de todas las familias», señala González.

Viajar también puede convertirse en un reto: La planificación de unas vacaciones familiares tampoco resulta sencilla. Los cambios de entorno, las alteraciones de las rutinas o la falta de espacios adaptados pueden generar situaciones de gran estrés. En los últimos años se han puesto en marcha iniciativas positivas como la asistencia preferente en algunos aeropuertos, el uso del Cordón de Girasoles para visibilizar discapacidades invisibles o determinadas medidas de accesibilidad impulsadas en el transporte ferroviario. Sin embargo, las familias consideran que estos avances siguen siendo insuficientes para garantizar una experiencia realmente inclusiva. Encontrar alojamientos adaptados, restaurantes comprensivos con determinadas necesidades sensoriales o propuestas de ocio adecuadas continúa siendo una tarea compleja que requiere una importante inversión de tiempo y energía.

La seguridad: una problemática añadida

En el caso de personas con autismo, discapacidad intelectual o grandes necesidades de apoyo, factores como las conductas de fuga, la dificultad para comunicar una situación de peligro o la menor percepción del riesgo pueden incrementar la vulnerabilidad en entornos como playas, piscinas, campamentos o espacios muy concurridos.

Además, las olas de calor, los cambios de rutina y los desplazamientos propios de las vacaciones pueden favorecer situaciones de desregulación o aumentar la necesidad de supervisión.

«No se trata de alarmar, sino de entender que existen riesgos específicos y que la prevención puede reducirlos significativamente», añade Ana González. Algunas de las recomendaciones que hacen desde Busca & Encuentra son:

  • Formación específica para monitores, socorristas, personal de campamentos, policías locales y servicios de emergencia.
  • Priorizar planes individualizados con las familias antes que realizar excursiones, actividades acuáticas o viajes en grupo.
  • Primar entornos adaptados en los que se empleen apoyos visuales y comunicación aumentativa para anticipar normas, límites, tiempos de espera y posibles peligros.
  • Promover el aprendizaje de la natación y comprobar que la habilidad se mantiene en distintos entornos, sin asumir que una persona estará segura en cualquier contexto acuático por haber aprendido a nadar. 
  • Prevenir los golpes de calor y la deshidratación, garantizando sombra, hidratación frecuente y detección temprana de signos de malestar.

Cada año, miles de personas sobreviven a un ictus o a un traumatismo craneoencefálico gracias a los avances de la medicina. Sin embargo, para muchas de ellas comienza entonces una carrera de obstáculos. Tras el alta hospitalaria, la falta de recursos de neurorehabilitación y los retrasos para acceder a ellos pueden marcar la diferencia entre recuperar la autonomía o convivir con una discapacidad difícil y permanente. Así lo denuncia Rubén Rodríguez Duarte, presidente de la Plataforma Española por el Daño Cerebral Adquirido (DCA), que reclama un cambio de modelo para aprovechar el periodo en el que el cerebro tiene mayor capacidad de recuperación.

En España viven más de 400.000 personas con discapacidad derivada de un daño cerebral adquirido. La mayoría de los casos se deben a un ictus, aunque también pueden estar provocados por traumatismos craneoencefálicos, anoxias, tumores cerebrales o determinadas infecciones. Según explica Rodríguez, el gran problema no suele encontrarse durante la hospitalización, sino cuando el paciente abandona el hospital y se enfrenta a un sistema que, en demasiadas ocasiones, no garantiza una continuidad asistencial adecuada.

«Dentro de la red hospitalaria sí tienen una atención adecuada. El problema llega cuando salen del hospital y tienen que recurrir a asociaciones, fundaciones o centros privados porque los recursos públicos tardan demasiado en llegar. Ese tiempo es esencial», afirma.

Actuar durante el primer año

El neuropsicólogo, que lleva más de tres décadas dedicado a la neurorehabilitación, insiste en que la ciencia conoce desde hace años la importancia de actuar durante el primer año tras la lesión cerebral. En ese periodo se producen fenómenos de neurogénesis y neuroplasticidad que permiten recuperar funciones perdidas si existe una intervención intensiva y multidisciplinar.

«La recuperación depende mucho del tiempo en el que se interviene. Si empezamos tarde, la capacidad de recuperación es mucho menor. Pero cuando actuamos pronto, muchas personas vuelven a hacer una vida autónoma e incluso algunas consiguen reincorporarse al trabajo«, explica.

Desde la Plataforma alertan de la existencia de un «vacío asistencial» entre el alta hospitalaria y el acceso efectivo a los servicios de rehabilitación. Según su experiencia, en muchas comunidades autónomas pueden transcurrir varios meses hasta que el paciente inicia un tratamiento público especializado, un retraso que repercute de forma negativa en esa recuperación progresiva.

Circuitos específicos

Por ello, la entidad reclama circuitos específicos para el daño cerebral adquirido en todas las comunidades autónomas, con programas intensivos de entre seis y doce meses que incluyan fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia y neuropsicología, además de una mejor coordinación entre los sistemas sanitario y social. También pide acelerar las valoraciones de dependencia, financiar adaptaciones del hogar y ofrecer apoyo a las familias desde el primer momento.

En este sentido, Rodríguez apunta que es especialmente preocupante la escasa presencia de neuropsicólogos en los dispositivos públicos de rehabilitación. «La mayor incapacidad muchas veces no la genera el déficit físico, sino el cognitivo. Hay personas que pueden volver a caminar, pero tienen problemas de memoria, de conducta o para tomar decisiones. La figura del neuropsicólogo es imprescindible y hoy no está incorporada de forma generalizada en el Sistema Nacional de Salud», señala.

Desigualdades

Otro de los aspectos que más preocupa a la Plataforma son las diferencias territoriales. Mientras algunas comunidades cuentan con plazas concertadas específicas para personas con daño cerebral adquirido, como Madrid o Extremadura, otras carecen prácticamente de recursos especializados, obligando a muchas familias a asumir elevados costes para acceder a tratamientos privados, que según Rodríguez suelen rondar los 15.000 euros.

«Hay comunidades que han entendido la importancia de garantizar esa continuidad asistencial y otras donde ese recurso simplemente no existe. El beneficiario siempre debe ser el paciente y no debería depender del código postal donde viva», sostiene. Aunque también reconoce que las comunidades que cuentan con estas plazas no suelen tener recursos suficientes para todos los pacientes que las solicitan.

Rodríguez también incide en el impacto que la lesión cerebral tiene sobre el entorno familiar. El cambio suele producirse de forma repentina, especialmente tras un ictus, y obliga a reorganizar completamente la vida cotidiana. «En otras enfermedades graves existe un proceso de adaptación. En el daño cerebral todo ocurre en un segundo. La familia pasa de tener una vida normal a convertirse en cuidadora prácticamente de un día para otro. El impacto emocional y económico es enorme», afirma.

No solo sobrevivir

Según datos de la Sociedad Española de Neurología, cada año alrededor de 120.000 personas sufren un ictus en España y aproximadamente un tercio queda con secuelas permanentes. El coste económico de esta enfermedad supera los 8.500 millones de euros anuales solo en nuestro país, si se suman los gastos sanitarios y los cuidados asumidos por las familias.

Para Rubén Rodríguez, invertir en neurorehabilitación precoz mejora la calidad de vida de las personas afectadas y también reduce la dependencia y el gasto sanitario y social a largo plazo. «No hablamos únicamente de recuperar un brazo o una pierna. Hablamos de recuperar la posibilidad de salir con los amigos, cuidar de tus hijos, tomar tus propias decisiones o volver a disfrutar de una vida autónoma. Cuando salvamos una vida, también tenemos que darle la oportunidad de vivirla», concluye.

El varicocele, una dilatación de las venas que rodean al testículo, afecta aproximadamente al 15% de los hombres y, aunque en la mayoría de los casos no provoca síntomas ni supone un riesgo grave para la salud, puede llegar a comprometer la fertilidad masculina cuando altera la producción de espermatozoides. Así lo recuerda la Sociedad Española de Radiología Vascular e Intervencionista (Servei).

En concreto, Jaume Sampere, radiólogo vascular e intervencionista del Hospital Germans Trias i Pujol de Barcelona y portavoz de Servei, explica que el varicocele consiste en una dilatación de las venas del escroto que dificulta el retorno normal de la sangre hacia el corazón. Como consecuencia, la sangre se acumula alrededor del testículo y puede provocar sensación de pesadez, dolor sordo o un aumento del volumen escrotal, aunque muchos pacientes no presentan ningún síntoma.

Suele detectarse durante la adolescencia, habitualmente en revisiones realizadas por el pediatra o el cirujano pediátrico. Sin embargo, la ausencia de síntomas hace que muchos casos permanezcan sin diagnosticar hasta la edad adulta. Aunque se trata de un proceso benigno, los especialistas advierten de que, en algunos hombres, el aumento de la temperatura del testículo provocado por la acumulación de sangre puede alterar su funcionamiento.

«De esta manera disminuye la cantidad y la calidad de los espermatozoides que produce el testículo, y puede convertirse en motivo de infertilidad en los hombres», añade Sampere.

Tratamiento

Pese a su posible repercusión sobre la fertilidad, los especialistas recuerdan que el varicocele no debe tratarse de forma sistemática. La recomendación actual es intervenir únicamente cuando produce dolor, ocasiona molestias importantes desde el punto de vista estético o se demuestra que está afectando a la calidad del semen en hombres con problemas de fertilidad. Además, existen distintos grados de varicocele y no todos tienen la misma repercusión sobre el testículo.

Durante años, el tratamiento habitual consistía en una intervención quirúrgica para ligar las venas dilatadas mediante una incisión en la ingle o en el escroto. Sin embargo, la radiología vascular e intervencionista ofrece actualmente una alternativa mínimamente invasiva mediante embolización. Este procedimiento permite ocluir desde el interior las venas que funcionan de forma incorrecta, sin necesidad de realizar incisiones quirúrgicas.

Según destaca Sampere, «el tratamiento es más efectivo, menos agresivo y con una recuperación muy rápida«. Además, se realiza de forma ambulatoria, con un simple pinchaz en el brazo que permite al paciente retomar su actividad habitual en poco tiempo, con un riesgo muy bajo de lesionar estructuras importantes del testículo.

La sensación de pesadez después de las comidas, la saciedad precoz, las náuseas o la hinchazón abdominal son molestias que muchas personas atribuyen a una simple mala digestión. Sin embargo, detrás de estos síntomas pueden encontrarse trastornos digestivos diferentes que requieren un diagnóstico preciso y un tratamiento específico. Así lo recuerda la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD), que indica lo importante que es distinguir entre la gastroparesia y la dispepsia funcional, dos enfermedades con manifestaciones muy similares, pero con causas, evolución y abordajes distintos.

La especialista en Aparato Digestivo del Hospital Universitario Vall d’Hebron de Barcelona y experta de la SEPD, Carolina Malagelada, abordó esta cuestión durante el 85.º Congreso de la sociedad científica, celebrado recientemente en Sevilla, donde incidió en que un diagnóstico adecuado resulta fundamental para mejorar la calidad de vida de los pacientes.

Dos enfermedades con síntomas parecidos

La gastroparesia es un trastorno de la motilidad gástrica que retrasa el vaciamiento del estómago. Como consecuencia, los alimentos permanecen más tiempo del habitual en este órgano y aparecen síntomas como sensación de plenitud, saciedad precoz, náuseas e incluso vómitos.

Además, esta enfermedad suele estar asociada a otras patologías, como la diabetes, determinadas enfermedades neuromusculares, algunas enfermedades autoinmunes o la enfermedad de Parkinson. Por ello, cuando se diagnostica una gastroparesia es necesario investigar si existe una enfermedad subyacente que explique su aparición.

Por el contrario, en la dispepsia funcional el problema no reside principalmente en el movimiento del estómago, sino en una alteración de su sensibilidad. Según explica la doctora Malagelada, estas personas «perciben la digestión como algo especialmente molesto, pesado o incluso doloroso».

Una de cada diez personas

Mientras que la gastroparesia es una enfermedad poco frecuente, la dispepsia funcional es uno de los trastornos digestivos más habituales y puede afectar hasta al 10% de la población. Forma parte de los denominados trastornos del eje intestino-cerebro, en los que intervienen factores como la sensibilidad digestiva, el estrés, la ansiedad, la alimentación o la calidad del sueño.

La especialista reconoce que distinguir ambas enfermedades no siempre resulta sencillo, ya que algunos pacientes con dispepsia funcional también presentan un enlentecimiento leve del vaciamiento gástrico. Aun así, insiste en que diferenciarlas es esencial porque «tienen causas, tratamientos y pronósticos diferentes«. Y para ello, o para descartar otras enfermedades, una de las mejores herramientas es la endoscopia.

En el caso de la gastroparesia, el diagnóstico debe confirmarse con estudios específicos que demuestren el retraso del vaciamiento gástrico, mientras que la dispepsia funcional se identifica fundamentalmente por los síntomas y tras excluir otras patologías. No obstante, la dispepsia funcional presenta el problema de que que no existe una prueba diagnóstica específica, «y los pacientes no se lo acaban de creer», señala Malagelada, lo cual puede afectar a la adherencia terapéutica.

Alimentación y hábitos saludables

La SEPD recuerda que tanto la alimentación como determinados cambios en el estilo de vida desempeñan un papel fundamental en el manejo de ambas enfermedades. A ello se suman distintos tratamientos farmacológicos que permiten controlar los síntomas y mejorar significativamente la calidad de vida de los pacientes.

La sociedad científica destaca además que el conocimiento sobre los trastornos del eje intestino-cerebro continúa avanzando. Un ejemplo es la reciente publicación de los criterios ROMA V, que actualizan las recomendaciones para el diagnóstico y tratamiento de estas patologías y contribuyen a que tanto los especialistas en aparato digestivo como los médicos de atención primaria las identifiquen con mayor facilidad.

La Fundación Mutua Madrileña, en colaboración con la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), y por medio de la VIII Convocatoria de Ayudas IMPULSO, financiará terapias de rehabilitación a cerca de 1.900 personas con enfermedades raras o en proceso de búsqueda de diagnóstico, a través de 93 proyectos desarrollados por sus asociaciones de pacientes.

El Programa IMPULSO nació en 2019 con el objetivo de facilitar terapias rehabilitadoras a niños y niñas con enfermedades raras o en busca de diagnóstico. A lo largo de estos años, el programa puesto en marcha por la Fundación Mutua Madrileña y FEDER se ha ido ampliando para apoyar también a personas adultas con estas patologías. En total, hasta ahora ha ayudado a más de 15.000 niños, niñas, jóvenes y adultos que conviven con enfermedades raras o están en búsqueda de un diagnóstico en nuestro país.

El programa IMPULSO permite el acceso a recursos terapéuticos cuya cobertura no es atendida con la urgencia y necesidad que correspondería, sin incrementar el impacto económico en las familias, que en muchos casos se ven obligadas a destinar una gran parte de sus recursos al abordaje de la enfermedad.

La nueva edición permitirá atender a 1.410 menores y 471 personas adultas, alcanzando un total previsto de 1.881 beneficiarios, un 25% más que en la edición anterior, lo que refleja el alcance creciente de esta iniciativa. Entre las terapias más demandadas en esta edición destacan la psicología, la fisioterapia y rehabilitación, la logopedia, la terapia ocupacional, la neuropsicología y la estimulación cognitiva. En cuanto a los productos de apoyo, sobresalen ayudas para la movilidad y la ortopedia, equipamientos terapéuticos, medicamentos y suplementos no cubiertos por el sistema público.

La resolución de esta última convocatoria de ayudas dará respuesta al 96,9% de las solicitudes admitidas, lo que refleja el compromiso de Fundación Mutua Madrileña y FEDER por llegar al mayor número posible de familias afectadas por estas enfermedades.

Responder a necesidades que siguen sin cobertura suficiente

Los proyectos aprobados evidencian que las principales necesidades de las personas con enfermedades raras continúan concentrándose en el acceso a terapias especializadas y productos de apoyo ortopédico que, en muchos casos, no cuentan con una cobertura pública suficiente.

En este contexto, FEDER reitera la necesidad de seguir avanzando hacia un modelo de atención más integral y equitativo que garantice el acceso a terapias y productos de apoyo independientemente del lugar de residencia o de la capacidad económica de las familias. “La elevada demanda de ayudas confirma que muchas familias siguen dependiendo de este tipo de convocatorias para acceder a tratamientos esenciales y recursos básicos que favorecen el desarrollo funcional, la autonomía y la calidad de vida de las personas con enfermedades raras”, señala Juan Carrión, presidente de FEDER.

Por su parte, Lorenzo Cooklin, director general de la Fundación Mutua Madrileña, reconoce que “iniciativas como nuestro Programa IMPULSO continúan siendo un recurso imprescindible para que muchas familias puedan acceder a terapias y recursos que, en ausencia de cura, son la única alternativa para mejorar la calidad de vida de estas personas”.

Compromiso con las enfermedades raras

La Fundación Mutua Madrileña lleva comprometida con la investigación en enfermedades raras que se manifiestan en la infancia desde 2013 cuando incluyó una categoría específica para financiar estudios a este respecto en su convocatoria anual de Ayudas a la Investigación Médica. Sus ayudas han permitido llevar a cabo un centenar de proyectos de investigación médica sobre estas enfermedades por un total de más de 7 millones de euros.

Su compromiso con las personas afectadas por estas patologías poco frecuentes y sus familias se complementa desde 2019 con el Programa IMPULSO, que desarrolla a través de FEDER, y que permite financiar terapias rehabilitadoras y productos de apoyo que precisa este colectivo.

Consulta todos proyectos y las entidades beneficiarias aquí: https://grupomutua.info/ResolucionImpulso26

La adicción a las redes sociales y, en concreto, al visionado de vídeos breves como los reels de Instagram o TikTok, aunque no esté formalmente catalogada en todos los manuales de diagnóstico, funciona de manera similar a otras adicciones. Así lo señala Silvia Morales, psicóloga del área infanto-juvenil y de adultos del Hospital Hospiten Roca.

Actualmente, la adicción a las redes sociales es un fenómeno muy presente en nuestra vida cotidiana. Su uso resulta prácticamente inevitable, especialmente entre los jóvenes. Asimismo, esta conexión constante y prolongada con las redes sociales está estrechamente relacionada con la procrastinación de tareas o asuntos importantes que se evitan por la incomodidad o malestar que provocan. En su lugar, se recurre a recompensas inmediatas como mecanismo de alivio, siendo el consumo de contenido en redes sociales uno de los principales ejemplos.

El visionado de redes sociales, vídeos breves, reels o TikToks activa el sistema de recompensa inmediata, haciendo que el cerebro evite exponerse a temas que son más incómodos. Esto tiene un fundamento científico, y es que la amígdala, que se encarga del control del miedo y de la ansiedad, se sobreactiva cuando se percibe algo como una amenaza. Paralelamente, la corteza prefrontal, responsable de controlar los impulsos, comienza a desactivarse. Es entonces cuando el cerebro ordena activar la acción más fácil y/o placentera. Al buscar lo cómodo o lo gratificante de manera instantánea —como la inmersión en redes sociales— se está, en cierto modo, escapando de la incomodidad que implica enfrentar la realidad o la toma de decisiones difíciles.

En concreto, el cerebro infantil es especialmente vulnerable a este visionado de vídeos cortos debido a que se encuentra en una etapa crítica para la neuroplasticidad, donde las conexiones neuronales se moldean según los estímulos que reciben. El consumo excesivo de este formato se asocia con un menor volumen cerebral en áreas clave como el lóbulo temporal, parietal y, fundamentalmente, el frontal, afectando principalmente a la corteza prefrontal, siendo esta región la responsable del control de impulsos, la toma de decisiones y la autorregulación emocional. La hiperestimulación con vídeos cortos puede provocar una maduración más lenta de estas conexiones, teniendo como resultado comportamientos impulsivos o disruptivos.

Los cambios constantes en este tipo de vídeos acostumbran al cerebro a la gratificación inmediata, dificultando la concentración en tareas más lentas como leer o estudiar. Cada vídeo actúa como una recompensa que libera dopamina, reforzando la búsqueda de estímulos rápidos e intensos. Como consecuencia, otras actividades más pausadas pueden resultar menos atractivas o incluso aburridas.

“La sobrecarga de información rápida puede desbordar la memoria de trabajo, impidiendo que la información se procese correctamente y se almacene a largo plazo, produciéndose un retraso en el lenguaje, un peor desarrollo de las áreas de este y menores habilidades de comunicación. Cuando hay sobreexposición a vídeos cortos ocurre una dificultad en la autorregulación ya que el uso de los mismos para calmar berrinches (el «chupete digital») impide que el niño desarrolle sus propias estrategias para gestionar el aburrimiento o la frustración”, explica Silvia Morales. 

Otras de las consecuencias de esta sobre exposición es la alteración del sueño, la baja autoestima, la ansiedad y la depresión. Esto se debe, en parte, a que el tiempo dedicado a las redes sociales suele desplazar las horas de descanso necesarias para mantener una buena salud mental. Asimismo, puede derivar en la ansiedad social, especialmente en adolescentes, pudiendo presentar riesgo de obesidad por sedentarismo y problemas de visión. Detalla Silvia Morales que “afortunadamente, gracias a la plasticidad cerebral, estos efectos pueden revertirse o mitigarse si se reduce el tiempo de exposición y se fomenta la interacción con estímulos del mundo real”.

Los motivos principales que causan esta adicción son, en primer lugar, el entretenimiento y la inmediatez, ya que estos vídeos se pueden consumir en cualquier momento. Además, su popularidad y efecto contagio contribuyen a que sean aún más atractivos; por una parte, porque captan la atención de los usuarios, y por otra, porque facilitan la socialización al permitir compartir temas de interés con otras personas.

Señales de alerta a tener en cuenta

Para detectar un uso problemático o adictivo, los padres pueden observar si el menor presenta irritabilidad y ansiedad, con reacciones desproporcionadas, enfado o tristeza cuando se les retira el dispositivo o se limita el tiempo de conexión; manifestación de aislamiento social, pues prefieren estar conectados en lugar de participar en reuniones familiares o con amigos; abandono de responsabilidad, descuidando tareas escolares, higiene personal o pérdida de interés en hobbies que antes disfrutaban; uso como escape, cuando recurren a la red para evadir problemas reales, sentimientos de culpa o tristeza y la pérdida de control, cuando presentan incapacidad para limitar el tiempo de uso, incluso si reconocen que les está perjudicando.

Para prevenir estos síntomas, es recomendable establecer unos límites en cuanto a horarios, ofrecer alternativas saludables fomentando activades al aire libre, deporte o lectura, así como servir de modelo con un uso moderado y responsable y hablar e informar sobre los riesgos de la tecnología.