La investigación en torno al cáncer vuelve a situar al paciente como agente imprescindible dentro de su cuidado y recuperación, aportando evidencias que refuerzan la importancia de la prevención y los hábitos de vida saludables. Nuevos estudios internacionales muestran cómo pequeños cambios en la práctica clínica o en el estilo de vida pueden tener un impacto relevante tanto en la evolución de la enfermedad como en la reducción del riesgo de padecerla.
Uno de los más llamativos ha sido publicado en Nature Medicine, y difundido y comentado desde Science Media Center España. Éste ha mostrado a través de un ensayo clínico que la hora del día en la que se administra la inmunoterapia y la quimioterapia puede influir en su eficacia. El ensayo, aleatorizado en fase 3 y realizado en China con 210 pacientes con cáncer de pulmón de células no pequeñas avanzado, ha plasmado que quienes recibían el tratamiento antes de las tres de la tarde presentaban una supervivencia libre de progresión y una supervivencia global significativamente mayores que quienes lo recibían a partir de esa hora.
Expertos en cronobiología y oncología coinciden en que estos resultados refuerzan una idea cada vez más respaldada por la ciencia: el organismo no responde igual a los tratamientos en todas las franjas horarias. El reloj circadiano modula la función del sistema inmunitario y puede favorecer que determinados fármacos sean más eficaces en momentos concretos del día, sin aumentar la toxicidad.
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Para los pacientes, esta línea de investigación abre una puerta esperanzadora: mejorar los resultados del tratamiento sin cambiar el fármaco ni añadir costes, simplemente ajustando los horarios de administración. Aunque los especialistas subrayan la necesidad de confirmar estos datos en otros países, tumores y poblaciones, el estudio marca un antes y un después en la llamada cronoterapia oncológica.
Cuatro de cada diez casos serían evitables
La investigación también pone el foco en la prevención: según un análisis global liderado por la Organización Mundial de la Salud y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), se estima que aproximadamente el 40% de los nuevos casos de cáncer diagnosticados en el mundo en 2022 se debieron a factores de riesgo modificables.
El tabaco continúa siendo el principal factor prevenible, especialmente en hombres, seguido del consumo de alcohol, las infecciones —como el virus del papiloma humano o la bacteria Helicobacter pylori—, la obesidad y el sedentarismo. En España también se calcula que más del 40% de los cánceres en hombres y más de una cuarta parte en mujeres se atribuyen a estos factores externos.
Los expertos destacan que cuantificar este impacto permite dimensionar la importancia real de la prevención. Evitar millones de cánceres pasa por políticas eficaces de control del tabaquismo, vacunación, promoción de la actividad física y alimentación saludable, así como por medidas de salud pública frente a la contaminación o los riesgos laborales.
Comprender cómo se adapta el tumor para frenarlo
La tercera línea de investigación, publicada en Nature Metabolism, profundiza en los mecanismos biológicos del cáncer de pulmón. Un estudio liderado por el Idibell-ICO ha identificado la proteína LIF como una pieza clave en la capacidad del tumor para adaptarse a condiciones adversas, como la falta de glucosa u oxígeno.
Cuando el tumor sufre estrés metabólico, responde liberando LIF, lo que incrementa su agresividad, favorece la formación de nuevos vasos sanguíneos y le ayuda a esquivar la respuesta del sistema inmunitario. Bloquear esta proteína podría, según los investigadores, debilitar la capacidad de adaptación del cáncer y hacerlo más vulnerable a los tratamientos actuales.
Aunque se trata todavía de investigación preclínica y experimental, los resultados abren la puerta a nuevas estrategias terapéuticas y refuerzan la idea de que entender cómo “sobrevive” el tumor es clave para diseñar tratamientos más eficaces.
Investigación y hábitos: dos caras de la misma lucha
En el Día Mundial contra el Cáncer, estos avances dibujan un mensaje complementario. Por un lado, la investigación clínica y básica sigue aportando conocimiento para mejorar los tratamientos y la calidad de vida de los pacientes, incluso a través de cambios aparentemente sencillos, como la hora de administración de una terapia. Por otro, la evidencia científica insiste en que una parte muy importante del cáncer se puede prevenir actuando sobre factores modificables.
Invertir en investigación, promover hábitos saludables y situar al paciente en el centro de las decisiones sanitarias son estrategias inseparables. La ciencia avanza, pero su impacto real depende también de que la información llegue a la sociedad y se traduzca en decisiones cotidianas que ayuden a reducir el riesgo y a sobrellevar mejor la enfermedad.