La alergia a alimentos de origen vegetal, cada vez más frecuente y compleja, podría experimentar un cambio significativo en su abordaje clínico gracias al desarrollo de nuevos biomarcadores capaces de predecir la evolución de la enfermedad. Así lo pone de manifiesto una revisión científica reciente que abre la puerta a una medicina más personalizada y predictiva en este ámbito.
El trabajo, publicado en la revista Clinical Reviews in Allergy & Immunology y realizado con el apoyo de la Red de Enfermedades Inflamatorias (RICORS-REI) y la Sociedad Española de Alergia e Inmunología Clínica (SEAIC), analiza el potencial de distintas herramientas para mejorar el diagnóstico, anticipar la gravedad de las reacciones y orientar el tratamiento.
Uno de los principales avances que plantea la revisión es la posibilidad de anticipar cómo responderá un paciente ante un alimento concreto. “Podemos identificar si existen marcadores con suficiente evidencia para predecir el riesgo de reacciones severas o determinar la necesidad de dietas estrictas”, explica María José Goikoetxea, de la Clínica Universidad de Navarra, que ha liderado el estudio.
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Este enfoque supone un cambio respecto al modelo actual, más reactivo, en el que muchas decisiones clínicas se toman tras haber ocurrido la reacción alérgica. La variabilidad de estas alergias —que pueden ir desde un leve picor hasta una anafilaxia— hace especialmente necesario un diagnóstico más preciso.
Nuevas herramientas
La revisión, basada en el análisis de 71 estudios clínicos publicados entre 2019 y 2024, confirma que los biomarcadores clásicos, como la inmunoglobulina E específica o las pruebas cutáneas, siguen siendo la base del diagnóstico. Sin embargo, también identifica un creciente interés por nuevas herramientas.
Entre ellas destaca el análisis de la microbiota, que permite estudiar los microorganismos del organismo y su relación con la alergia. Según el estudio, la secuenciación de la microbiota podría ayudar a detectar la sensibilización e incluso a estimar el umbral a partir del cual se produce la reacción, aunque en este último caso la evidencia aún es limitada.
Otra de las herramientas con mayor potencial es el test de activación de basófilos (BAT), que podría anticipar no sólo si un paciente tolerará un alimento, sino también la gravedad de la reacción y la cantidad necesaria para desencadenarla.
Lagunas en la investigación
A pesar de los avances, los expertos reconocen que todavía existen importantes áreas poco desarrolladas. La mayoría de los estudios se centra en la gravedad y la tolerancia, mientras que aspectos clave como el umbral clínico o los mecanismos iniciales de sensibilización cuentan con menos evidencia.
“Este trabajo pone de manifiesto lagunas importantes que son clave para la toma de decisiones médicas”, señala Emilio Núñez Borque, coautor del documento, quien destaca la necesidad de seguir investigando en estos ámbitos. Según explica, algunos alimentos, como el cacahuete o los frutos secos, concentran gran parte de la investigación, mientras que otros, como frutas o semillas, están menos estudiados.
“Además, aunque contamos con múltiples pruebas diagnósticas, ninguna ofrece por sí sola un criterio definitivo ni funciona igual en todas las poblaciones”, explica, por su parte, la otra coautora del estudio, María José Goikoetxea, responsable del Laboratorio de Alergología de la Clínica Universidad de Navarra y miembro de la Ricors-REI. “Ordenar las herramientas disponibles, identificar nuevos biomarcadores y esas lagunas de conocimiento era clave”, asegura
Barreras para llegar a la práctica clínica
Por otra parte, las organizaciones responsables del estudio reconocen que trasladar estos avances a la práctica clínica supone un reto importante. Muchos de los nuevos biomarcadores se encuentran todavía en fases tempranas de validación y su uso está limitado por factores técnicos y económicos.
La necesidad de equipamiento especializado y personal cualificado, así como la falta de estandarización, dificultan su incorporación a los sistemas sanitarios. Por ello, los expertos insisten en la importancia de impulsar estudios multicéntricos que permitan validar estas herramientas.
Para los pacientes, estos avances suponen la posibilidad de contar con diagnósticos más precisos y tratamientos más ajustados a sus características individuales. “Si logramos validar estos biomarcadores, podremos mejorar la predicción de reacciones graves y avanzar hacia un manejo realmente personalizado”, concluye Núñez Borque.