Las experiencias traumáticas vividas durante la infancia no solo aumentan el riesgo de desarrollar problemas de salud mental, sino que también pueden tener consecuencias duraderas sobre la salud física. Así lo concluye un amplio estudio liderado por el Hospital del Mar Research Institute, que ha encontrado una asociación entre el trauma infantil y un mayor riesgo de padecer enfermedades como diabetes, cefaleas, obesidad o patologías cardiovasculares en la edad adulta.
En concreto, los resultados muestran que las personas adultas que sufrieron algún tipo de experiencia traumática durante la infancia o la adolescencia presentan un 57% más de riesgo de desarrollar alguna de las enfermedades físicas analizadas respecto a quienes no vivieron estas situaciones.
El trabajo, publicado en la revista eClinicalMedicine, del grupo The Lancet, constituye la revisión más amplia realizada hasta la fecha sobre esta cuestión. Para ello, los investigadores analizaron 36 revisiones científicas que agrupan 250 estudios realizados en todo el mundo y datos correspondientes a más de seis millones de personas, publicados hasta abril de 2025.
El estudio evaluó la relación entre distintos tipos de trauma —como el abuso físico o sexual, el acoso escolar o la pérdida y separación de los progenitores— y quince patologías de elevada prevalencia, entre ellas enfermedades cardiovasculares, diabetes, enfermedades autoinmunes, esclerosis múltiple, síndrome del intestino irritable o infección por VIH.
Según explica Benedikt Amann, investigador del Grupo de Investigación en Salud Mental del Hospital del Mar Research Institute y autor principal del trabajo, los resultados permiten afirmar que «estos hechos traumáticos en la infancia juegan un papel en el origen de estas enfermedades«. Aunque el estudio no demuestra una relación de causa y efecto, sí evidencia una asociación consistente entre ambas circunstancias.
Asociaciones más fuertes
Los investigadores observaron que algunas experiencias traumáticas presentan una relación especialmente intensa con determinadas enfermedades. Por ejemplo, las personas que sufrieron acoso escolar durante la infancia tienen aproximadamente el doble de probabilidades de desarrollar cefaleas en la edad adulta. Y quienes padecieron abuso sexual presentan un riesgo un 45% superior de desarrollar obesidad, mientras que la separación o el fallecimiento de los progenitores se asocia a un incremento del 58% en el riesgo de padecer esta última enfermedad.
En términos generales, cualquier tipo de abuso mostró una asociación especialmente elevada con patologías como la diabetes, las cefaleas o las enfermedades cardiovasculares.
El estudio también detectó diferencias por sexo. Las mujeres que habían sufrido experiencias traumáticas, especialmente relacionadas con abusos físicos o sexuales, presentaban un riesgo aún mayor que los hombres de desarrollar enfermedades físicas años después.
Reforzar la prevención
Los autores recuerdan que se estima que seis de cada diez adultos han vivido alguna experiencia adversa durante la infancia, una cifra que pone de relieve la magnitud del problema y su posible repercusión sobre la salud pública. Hasta ahora ya se conocía que estas situaciones multiplican por tres el riesgo de desarrollar trastornos mentales en la edad adulta. Sin embargo, no existía una revisión global que analizara de forma conjunta su relación con las enfermedades físicas.
Por ello, Amann considera que estos resultados refuerzan la necesidad de situar la prevención del trauma infantil entre las prioridades sanitarias y sociales. En su opinión, resulta fundamental detectar estas situaciones de forma precoz para ofrecer intervenciones psicológicas especializadas y evitar que sus consecuencias se prolonguen durante toda la vida.
Por otra parte, los investigadores también defienden una mayor coordinación entre los profesionales sanitarios, sociales y de salud mental para facilitar la identificación temprana de los menores en riesgo y agilizar su derivación hacia los recursos adecuados.
Mecanismos biológicos
El estudio no analiza los mecanismos biológicos o sociales que explican esta asociación, aunque plantea varias hipótesis. Entre ellas, que las experiencias traumáticas puedan influir en el desarrollo psicosocial de la persona, favorecer hábitos de vida menos saludables o aumentar el riesgo de desarrollar trastornos mentales que, a largo plazo, repercutan también sobre la salud física.
Los autores insisten en que los resultados muestran una asociación, pero no permiten establecer una relación causal directa entre el trauma infantil y las enfermedades físicas. Aun así, consideran que la evidencia disponible es suficientemente sólida como para reforzar las estrategias de prevención y atención temprana, con el objetivo de reducir el impacto que estas experiencias pueden tener sobre la salud y la calidad de vida de las personas décadas después de haberse producido.