Un riñón de cerdo modificado genéticamente ha permitido a un paciente con enfermedad renal avanzada permanecer 271 días sin diálisis hasta recibir un riñón humano. El caso, publicado en The Lancet por investigadores del Mass General Brigham, supone un nuevo avance en el desarrollo de los xenotrasplantes, es decir, trasplantes de órganos de animales a personas, y aporta por primera vez evidencia de que un riñón porcino podría funcionar durante varios meses como solución de transición mientras el paciente espera un órgano humano.

El protagonista del procedimiento fue Tim Andrews, que tenía 66 años en el momento del trasplante. Tras nueve meses con el riñón porcino, recibió en enero de este año un órgano procedente de un donante fallecido, sin complicaciones destacables. Según los investigadores, se trata del periodo más prolongado documentado hasta ahora de funcionamiento de un riñón porcino trasplantado a una persona viva y de una transición posterior a un riñón humano.

Solución temporal

La principal dificultad que pretende abordar esta línea de investigación es la escasez de órganos disponibles para trasplante. Para los pacientes con enfermedad renal terminal, el trasplante de un riñón humano constituye la mejor opción terapéutica, pero no siempre llega a tiempo.

«Los pacientes son los verdaderos pioneros aquí», ha señalado Leonardo Riella, autor principal del estudio y especialista del Centro de Ciencias del Trasplante y de la División de Nefrología de Mass General Brigham. El investigador considera que la participación de personas dispuestas a someterse a estos procedimientos experimentales es esencial para avanzar en el conocimiento de los xenotrasplantes.

La estrategia que estudia el equipo contempla inicialmente estos órganos como un puente que permita a los pacientes dejar temporalmente la diálisis mientras esperan un riñón humano. A más largo plazo, los investigadores plantean la posibilidad de convertirlos en una alternativa definitiva, pero únicamente si futuros estudios consiguen demostrar que son suficientemente seguros y duraderos.

De inmediato

El órgano trasplantado a Andrews comenzó a funcionar inmediatamente después de la intervención. Durante los 271 días siguientes, el paciente fue sometido a un seguimiento especialmente estrecho para detectar rechazo, formación de anticuerpos o posibles infecciones asociadas al origen porcino del órgano. No se detectó transmisión de patógenos porcinos.

El paciente sufrió, no obstante, un episodio temprano de rechazo mediado por células T, que pudo controlarse mediante tratamiento. Más adelante, aproximadamente seis meses después del trasplante, los médicos redujeron la inmunosupresión debido a una infección. Posteriormente apareció una lesión microvascular acompañada de inflamación que terminó provocando el fallo del xenoinjerto. Poco después, Andrews pudo recibir el riñón humano que esperaba.

Estos acontecimientos muestran tanto las posibilidades como las dificultades que todavía deben resolverse antes de que los xenotrasplantes puedan incorporarse de forma generalizada. El seguimiento del caso ha permitido además estudiar mecanismos relacionados con el rechazo tardío, uno de los grandes obstáculos para conseguir que estos órganos permanezcan funcionales durante largos periodos.

Procedimiento experimental

La directora de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), Beatriz Domínguez-Gil, considera que el caso confirma el avance que se está produciendo en este campo, aunque recalca que se trata todavía de un procedimiento «absolutamente experimental» y que «queda mucho camino por recorrer». A su juicio, uno de los elementos especialmente relevantes del nuevo caso es precisamente la duración de nueve meses de funcionamiento del riñón porcino.

El primer xenotrasplante de un riñón porcino a una persona viva se realizó en 2024 en el Hospital General de Massachusetts. En aquel caso, el paciente sobrevivió 52 días antes de fallecer por causas cardíacas no relacionadas con el trasplante. Hasta ahora, ningún estudio había documentado una supervivencia del xenoinjerto superior a dos meses ni una utilización tan prolongada como puente hasta un trasplante humano.

Por ello, el caso de Andrews representa un nuevo paso en una investigación que busca responder a uno de los grandes problemas de los pacientes con enfermedad renal avanzada: cómo garantizar un órgano disponible cuando el riñón humano que necesitan no llega a tiempo.