Aunque el colesterol LDL —el conocido como «colesterol malo»— es uno de los factores de riesgo cardiovascular más conocidos, existe otra lipoproteína mucho menos popular que también puede aumentar de forma importante la probabilidad de sufrir un infarto o un ictus. Se trata de la lipoproteína(a) o Lp(a), un marcador determinado en gran medida por la genética que puede pasar desapercibido incluso en personas con hábitos de vida saludables y analíticas aparentemente normales.
Cada vez más sociedades científicas recomiendan medir sus niveles al menos una vez en la vida, especialmente en personas con antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular precoz. Sin embargo, esta determinación todavía no forma parte de las analíticas habituales, lo que hace que muchas personas descubran que presentan niveles elevados solo después de haber sufrido un evento cardiovascular. Así nos lo explica Joaquín Sánchez Prieto, cardiólogo del Hospital Vithas Almería.
¿Qué es exactamente la lipoproteína(a)?
Es una partícula muy parecida al colesterol LDL (conocido como ‘colesterol malo’), pero con una capacidad aún mayor para favorecer la ateroesclerosis o acumulación de grasa en las arterias y, por tanto, aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares como el infarto o el ictus.
Lo particular de la Lp(a) es que debido a su configuración bioquímica es una molécula muy aterogénica (capaz de provocar ateroesclerosis), muy protrombótica (capaz de producir trombosis) y también muy proinflamatoria favoreciendo un estado de inflamación constante en nuestros vasos sanguíneos. Sus niveles dependen en un porcentaje altísimo de la genética. Es decir, una persona puede llevar una vida saludable, tener un colesterol aparentemente normal y, aun así, presentar niveles elevados de lipoproteína(a) sin saberlo.
Se habla relativamente poco de ella porque durante años no se ha incluido de forma rutinaria en las analíticas habituales y, además, no produce síntomas. Es un factor de riesgo ‘silencioso’. Sin embargo, cada vez más sociedades científicas recomiendan medirla al menos una vez en la vida, ya que conocer sus niveles permite identificar a personas con un riesgo cardiovascular añadido y actuar de forma precoz para prevenir complicaciones futuras.
¿En qué se diferencia de ese ‘colesterol malo’?
Es un tipo especial de lipoproteína formada por una partícula de colesterol LDL unida a una apolipoproteína llamada Apo(a). Precisamente esa unión le confiere unas características especialmente aterogénicas y protrombóticas, haciendo que tenga una mayor capacidad para favorecer la enfermedad cardiovascular. La principal diferencia es que el colesterol LDL suele estar muy influido por factores como la alimentación, el ejercicio, el peso o el tabaquismo, mientras que los niveles de lipoproteína(a) vienen determinados casi en su totalidad por la genética y apenas cambian con el estilo de vida.
Otra diferencia importante es que la Lp(a), además de favorecer la acumulación de grasa en las arterias, también puede aumentar la inflamación y la tendencia a formar trombos, lo que incrementa aún más el riesgo de infarto o ictus.
¿A qué edad es recomendable medirla y en qué perfiles de pacientes?
Las sociedades científicas recomiendan medir la lipoproteína(a) al menos una vez en la vida en la población adulta, ya que sus niveles permanecen bastante estables a lo largo del tiempo al estar determinados casi por completo por la genética. En muchos casos, una única determinación es suficiente para conocer el riesgo asociado. Sobre todo es recomendable medirla en pacientes con riesgo cardiovascular alto, aquellos que hayan presentado alguna enfermedad cardiovascular y en personas sanas con familiares afectos de enfermedades cardiovasculares.
Además, cada vez se tiende más a recomendar su determinación de forma más amplia, porque puede ayudar a reclasificar el riesgo cardiovascular de pacientes que podrían parecer de bajo o moderado riesgo con las analíticas habituales.

¿Qué señales deberían hacer sospechar de niveles elevados de lipoproteína(a)?
La elevación de la lipoproteína(a) no produce síntomas específicos, por lo que muchas personas no saben que la tienen alta hasta que ocurre un evento cardiovascular. Por eso es tan importante identificar ciertos antecedentes que nos pueden hacer sospecharlo, el principal signo de alerta puede ser tener antecedentes familiares de infarto, ictus o enfermedad cardiovascular precoz, especialmente antes de los 55 años en hombres o de los 65 en mujeres.
También debemos sospecharlo en pacientes con hipercolesterolemia familiar, enfermedad cardiovascular recurrente pese a un buen control del colesterol LDL o en personas jóvenes que presentan aterosclerosis sin factores de riesgo clásicos claros.
Mirando hacia las personas con enfermedades crónicas, ¿en qué casos es especialmente importante medir este valor?
Hay determinados perfiles de pacientes en los que su determinación es especialmente importante: como ya hemos dicho, aquellos con antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular precoz, pacientes con hipercolesterolemia familiar o aquellos que han sufrido un evento cardiovascular. También es especialmente útil en pacientes con enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión o enfermedad renal, ya que la presencia de una lipoproteína(a) elevada puede aumentar todavía más su riesgo cardiovascular y ayudarnos a ser más intensivos en la prevención y el control de otros factores modificables.
¿Qué ocurre en el organismo cuando esta lipoproteína está alta?
Como hemos comentado previamente, cuando la lipoproteína(a) está elevada, favorece la acumulación de grasa y colesterol en la pared de las arterias, acelerando el proceso de aterosclerosis. Es decir, las arterias se van estrechando y endureciendo progresivamente, dificultando el paso normal de la sangre.
Además, la Lp(a) no solo tiene un efecto aterogénico, sino también inflamatorio y protrombótico. Esto significa que puede favorecer la inflamación de la pared vascular y aumentar la tendencia a formar coágulos, lo que incrementa todavía más el riesgo de sufrir un infarto de miocardio, un ictus o enfermedad arterial periférica.
El problema es que todo este proceso suele desarrollarse de forma silenciosa durante años, sin síntomas, hasta que aparece una complicación cardiovascular. Por eso conocer sus niveles nos permite actuar antes y reforzar la prevención cardiovascular de forma personalizada.
¿Cómo puede reducirse y evitar ese riesgo cardiovascular?
Actualmente no existen tratamientos específicos disponibles para reducir directamente la lipoproteína(a), pero, sí que podemos disminuir mucho el riesgo cardiovascular asociado. La clave es controlar de forma más estricta el resto de factores de riesgo: bajar el colesterol LDL, controlar la tensión arterial, no fumar, hacer ejercicio y mantener hábitos de vida saludables.
En los pacientes con Lp(a) elevada solemos intensificar la prevención cardiovascular, porque sabemos que tienen un riesgo añadido. Además, se están investigando nuevos tratamientos específicos con resultados muy prometedores.
¿Puede la medicina personalizada mejorar el seguimiento y tratamiento del paciente con niveles altos de lipoproteína(a)?
Sin duda. Precisamente uno de los grandes valores de medir la lipoproteína(a) es que nos ayuda a personalizar mejor el riesgo cardiovascular de cada paciente. No todos tienen el mismo riesgo, aunque sus analíticas habituales puedan parecer similares.
Cuando detectamos niveles elevados de Lp(a), podemos individualizar el seguimiento, ser más estrictos en el control del colesterol LDL y otros factores de riesgo, e intensificar las medidas preventivas antes de que aparezcan complicaciones. En definitiva, nos permite adelantarnos y ofrecer una prevención cardiovascular más precisa y adaptada a cada persona.