Sentir hambre no significa, necesariamente, que el organismo necesite energía de forma inmediata. El apetito está regulado por un complejo sistema de señales en el que participan el cerebro, el aparato digestivo y el tejido adiposo, pero también factores como el descanso, el estrés, las emociones o incluso los estímulos relacionados con la comida que aparecen en el entorno.
Una de las principales estructuras implicadas es el hipotálamo, una región del cerebro que integra diferentes señales relacionadas con el estado energético del organismo. Entre ellas, se encuentra la grelina, una hormona producida principalmente en el estómago cuyos niveles suelen aumentar antes de comer, y la leptina, liberada por el tejido adiposo y relacionada con las reservas energéticas. Otras hormonas intestinales intervienen igualmente en la aparición de la sensación de saciedad.
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“El cerebro no funciona como un contador exacto de calorías. Interpreta señales internas y estímulos externos, y su respuesta cambia según el estado de salud o después de una pérdida de peso”, explica Christian Alvarado, director médico de Drop, la unidad digital de Sanitas especializada en el tratamiento y seguimiento de la obesidad. Esta complejidad hace que dos personas puedan experimentar niveles de hambre muy diferentes después de consumir una misma comida.
Cuando el apetito aparece sin una necesidad energética
El hambre tampoco depende, exclusivamente, de estas señales fisiológicas. Los circuitos cerebrales vinculados con la recompensa, la memoria y el aprendizaje tienen un papel importante en nuestra relación con los alimentos. Así, el olor de una comida, ver determinados alimentos en redes sociales o encontrarse en una situación que habitualmente se asocia con comer puede despertar el apetito incluso cuando las necesidades energéticas están cubiertas.
A ello, se suman factores como el descanso y el estrés. Dormir poco o atravesar periodos prolongados de estrés puede modificar la percepción del hambre y la saciedad, aunque estos efectos varían entre personas. También se producen cambios cuando se pierde peso. “Tras una reducción relevante, es posible que aumente el hambre y cambien algunas señales hormonales relacionadas con la regulación de la ingesta”, señala Alvarado.
El especialista matiza que estas adaptaciones no implican que recuperar el peso perdido sea inevitable, pero sí pueden ayudar a explicar por qué mantener la pérdida de peso requiere en muchos casos seguimiento a largo plazo y ajustes individualizados.
Restricciones, culpa y pérdida de control
La relación con la comida también está condicionada por factores psicológicos. Seguir una pauta nutricional estructurada no implica por sí mismo desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria, pero los especialistas advierten sobre las consecuencias que pueden tener las restricciones excesivamente rígidas y la culpa asociada a determinados alimentos.
“Cuando una persona interpreta cualquier cambio respecto a la dieta como un fracaso, puede entrar en un ciclo de restricción y sobreingesta. La presión estética y el estigma asociado al peso añaden malestar y, en ocasiones, retrasan la petición de ayuda”, explica Virginia del Palacio, psicóloga de Blua de Sanitas.
Los profesionales recuerdan, además, que comer más de lo habitual en una ocasión concreta no equivale a sufrir un trastorno por atracón. La señal de alerta aparece cuando los episodios se repiten y están acompañados de una sensación de pérdida de control. “Es recomendable solicitar una valoración profesional cuando estos episodios se repiten con frecuencia, existe una sensación clara de pérdida de control, se come a escondidas o aparece un malestar intenso posteriormente”, añade Del Palacio.
Identificar qué hay detrás del hambre
Ante estas situaciones, los especialistas aconsejan evitar estrategias como saltarse comidas o eliminar alimentos sin indicación profesional, ya que pueden incrementar posteriormente la sensación de hambre y dificultar el reconocimiento de la saciedad. También puede resultar útil observar en qué circunstancias aparecen determinados episodios: si coinciden con periodos de estrés, después de haber dormido mal o tras etapas de mayor restricción alimentaria. Este análisis, señalan, debería realizarse sin convertir la alimentación en una fuente permanente de vigilancia o culpa.
El cuidado de la salud emocional forma igualmente parte del abordaje. Identificar sentimientos de culpa, estrés o insatisfacción corporal puede permitir actuar antes de que terminen condicionando la relación con la comida. Cuando ese malestar persiste o interfiere en la vida cotidiana, puede ser necesario solicitar ayuda psicológica.
La actividad física regular puede contribuir al descanso, reducir el estrés y ayudar a conservar la fuerza y la funcionalidad, siempre adaptándola al estado de salud y las preferencias de cada persona y evitando utilizar el ejercicio como una forma de compensar lo que se ha comido.
En el caso de la obesidad, los especialistas defienden un abordaje que contemple conjuntamente atención médica, nutrición, actividad física y salud psicológica. Y cuando existen atracones repetidos o ciclos recurrentes de restricción y sobreingesta, recomiendan realizar una evaluación específica. Si se sospecha un trastorno de la conducta alimentaria, advierten, la intervención no debería centrarse únicamente en reducir el peso.