La vida a veces no da segundas oportunidades, nosotros lo sabemos muy bien; esos duros golpes de los que intentamos reponernos. ¡No es sencillo! Los que vivimos con una discapacidad estamos en una constante lucha de titanes, entre lo que éramos y lo que somos; los obstáculos diarios que nos encontramos, ¡son tantos!, que, en ocasiones, te sientes perdido, superado por las circunstancias, nos engulle la impotencia.
Pero ¿sabéis que? Somos valientes, esta pesada carga que arrastramos nos hace ser mucho más fuertes, más conscientes de lo que existe a nuestro alrededor, de la sociedad que nos rodea, las carencias con las que tenemos que vivir, pero aún así, todos los días nos levantamos y continuamos mirando hacía delante; si eso no es fortaleza, ¡que vengan a decirme qué es! Luchamos constantemente contra nuestro dolor, nuestra discapacidad, las mil cosas que no podemos hacer y con la carga psicológica que eso supone. ¡Somos héroes! A los que la gente muchas veces ni mira, porque no existe la empatía, o si la ves no es con frecuencia; las miradas de soslayo de las personas, los cuchicheos, comentarios hirientes, eso existe en la sociedad, y aunque crean que no nos damos cuenta, no es así.
Tenemos dos frentes abiertos, nuestra mente y nuestro cuerpo. «Qué difícil es vivir», cuantas veces habremos pensado esto; pero ¿acaso nos dijeron que la vida fuera fácil? Pues no. A algunos, le tocan las cartas bien dadas, y a otros no, somos simples peones en un tablero de juegos en manos del destino.
Mi consejo personal para superar esos momentos de querer encerrarte en ti mismo, o cuando te sientes en ese pozo tan profundo del que no quieres salir, es buscar un ancla; algo que te atrape al presente, que te traiga de vuelta y te diga que la vida continua, no será igual que antes, ya no serás el tú de eras, serás otra versión distinta, pero no significa que no podamos adaptarnos a esa versión, precisamente el hecho de que podamos superarlo, ¡nos hace grandes!
Para mí, la salvación fue la escritura, la lectura, es mi refugio. Desde que era una niña escribía cuentos o relatos, pero cuando realmente enfermé y llegaron todos los llantos y la oscuridad, la escritura fue esa ancla de la que os hablo. Escribo historias, y me voy muy lejos, mi mente viaja a otros lugares, dejo de estar en este presente y creo mundos en mi mente que luego transformo en manuscritos. Además de ser un ejercicio magnífico para estimular el cerebro, es una forma estupenda de disfrutar del arte de la escritura; es como el compositor que crea una melodía y la convierte en sinfonía, o el poeta que redacta unos versos para hacerlos canciones. El arte, en todas sus formas de expresión, te llena plenamente, o por lo menos en mi caso es así.
La lectura es otra ancla que uso a diario; cuando una persona está inmersa en las páginas de un libro, su mente viaja a esa realidad alternativa, a ese mundo, te imaginas esos personajes, esas descripciones, y sin más, sin darte cuenta, te vas olvidando de tus penas, de tus angustias, porque simplemente estas disfrutando de la historia. Da igual el género que leas, el que más te guste, pero opino que es la mejor forma de que tu cerebro se desconecte por completo de la realidad.
Eso no lo consigue una película, por una sencilla razón, tu cabeza no trabaja igual, no tienes que imaginar nada, te lo dan todo hecho. En un libro es diferente, creas esas descripciones, y representas en tu mente las imágenes como será una u otra persona según las descripciones del autor, con lo cual, haces doble trabajo, uno que merece la pena disfrutar, absorber todo el jugo de la historia, exprimir al máximo su contenido, y conseguir así, que el autor llegue al corazón de lector.
La lectura y la escritura se la recomendaría a todos, a personas con o sin discapacidad, pero sobre todo a nosotros, a las personas que vivimos con estos obstáculos diarios, con estas penas, y pensamientos confusos que por momentos nos bloquean; el motivo es simple: ¡nos libera la mente y el alma! No hay nada más preciado en el mundo que la paz mental.
No nos dejemos caer en el pozo oscuro de la desesperación, ese que nos ahoga, que nos mata. Buscad vuestra ancla, y agarrarla fuerte, porque así jamás perderéis el rumbo. Recordar siempre, somos valientes, fuertes, nuestro coraje no tiene límites. El salir adelante un día más, es de admirar, y nosotros lo conseguimos, aunque todo esté en nuestra contra. ¡Que nuestra voz jamás sea silenciada!
Por Montse Astray, escritora y autora de ‘El nido de las gaviotas‘
